dimecres, 22 de febrer de 2017

Visita de los carlistas catalanes al Palacio Loredán (1907)

EL PALACIO LOREDÁN

El palacio Loredán

[Los habitantes de Venecia], terminada la cotidiana labor, vuelven siempre junto a los suyos, mientras en el Gran Canal queda solitario y triste un Palacio que es una leyenda; morada de la egregia estirpe que hace ya más de medio siglo lleva la cruz del destierro con dignidad y grandiosa majestad.

A través de los muros del Palacio Loredán, mansión de las grandezas dignas, en quienes toda virtud tiene su asiento, vemos vagar por los espléndidos salones, tristeza y pesadumbre que, cual eterno llanto, lamentan la forzada inacción, que hace estériles para su patria energías poderosas que podrían salvarla cuando arrecie la tormenta. Pues en la apacible calma del Gran Canal veneciano se perciben puras en el antiguo Palacio de los Módenas las palpitaciones del gran pueblo tradicionalista, al que tanto se anhela salvar, y por el cual los descendientes de cien reyes, esclavos de altísimos deberes, aguardan allí la hora de Dios, que [...] les permita decir como Jesús a Lázaro: Levántate y anda.

Y viene la noche [...] Y en el Gran Palacio sigue reinando la soledad y el silencio, [...] porque el común hogar está muy lejos, y el pueblo amado no deja de sufrir [...].

Tanta inteligencia sin aplicación al país, tanta [bondad] sin cercana correspondencia, [...] y tanta majestad en el infortunio, son la admiración de la Comunión tradicionalista, que ostenta con orgullo esos sacrificios —sublimes pruebas que Dios le mandó— que pasarán á la posteridad como hermosos ejemplos [...] que será el asombro de otras edades.

Pero el Palacio Loredán se animará en día, y saldrán de él efluvios de nueva vida, que corriéndose á occidente irán formando la brillante aurora de un amanecer esplendoroso y sin fin, que vendrá á alumbrar la resurrección del gran pueblo cobijado por la bandera inmaculada de Dios, Patria y Rey.

Después, el Palacio Loredán quedará solitario y triste, pero su soledad no será la del vacío, ni de la muerte, sino la apacible calma del descanso después de una gran obra cumplida.

Y lo que es hoy Palacio del destierro, en el cual revive la dulce poesía del [...] hogar tradicionalista, será mañana la morada de los dulces recuerdos y de las encantadoras leyendas.

JOAQUIN DE FONT Y DE BOTER
Gerente del «Fomento de la Prensa Tradicionalista»

Joaquín de Font y Boter
(Barcelona, 1857 - 1916)

EL REY

Un rey de verdad, decía un día el Sr. Duque de Madrid, debe ser el primer obrero de la monarquía en la paz y el primer soldado en la guerra.

Y es que cuando así hablaba, tenía delante de sus ojos el espejo de la España gigante, de la invencible España, dilatada por todo el mundo y reverberante de poder, sabiduría y virtud.

Sí, vuestra gallardía majestuosa, el amor sin límites que profesáis a la patria y que sentís con una intensidad de tal naturaleza que constituye vuestro supremo ideal, vuestra alma llena de poesía y despojándose de toda clase de odios en aras de una santa fraternidad donde se funden todas las voluntades, todos los alientos, todas las virtudes de los españoles, como encarnación del espíritu nacional, libre del vejamen y de la opresión, la sangre augusta que circula por vuestras venas y hace latir un corazón profundamente español y virtuoso, y las prendas personales que os adornan y que se derraman sobre el estimado pueblo en forma de cascadas del más cristalino amor, son garantía firme e irrecusable de vuestra férrea voluntad, de vuestro invariable deseo en ser el primer ciudadano en la paz y el más esforzado soldado en la guerra, el primer obrero en el desarrollo y progreso de la civilización, el último combatiente en la defensa del sagrado interés de la patria.

Reyes hay que, aunque quieran dar esplendor y excelsitud a la majestad atrofiada, siempre han de quedar al nivel de los [comu]nes, sin esperanza de mejores días y con la seguridad de siniestras desventuras. Otra cosa no puede ser cuando se eleva á dogma al [...] de la autoridad, dándose un reino al monarca y negándosele el gobierno de la nación, como si se le sujetase a forzosa tutela, bajo el amparo de una serie de reyezuelos absolutos.

Per me reges regnant, había dicho el Señor, y efectivamente, los reyes cristianos, los reyes genuinamente españoles, buscan en la autoridad el sello de su divina procedencia, quedando así obligados en conciencia á Dios y á los gobernados, porque son sus hijos, por quienes debe el Rey constantemente velar.

Esta es la idea que de la realeza tiene nuestro augusto Caudillo, este es el concepto que de la soberanía tienen sus súbditos.

En la paz el rey es el padre de todos, procura el bienestar de todos, es el primer obrero de la monarquía. En la guerra es el capitán de sus ejércitos, sin que le asuste ni el estampido del cañón, ni el áspero crujir de las espadas, cuando se trata de salvar el honor de la patria, que es la honra y la gloria de sus hijos.

Ese es el Rey que ama un pueblo digno y honrado, sediento de libertad y de justicia.

MIGUEL JUNYENT Y ROVIRA
Director de «El Correo Catalán»

Miguel Junyent
(1871-1936)

EL SALÓN DE LAS BATALLAS

Cuando por primera vez se entra en el Palacio del destierro, cierta conmoción nerviosa recorre todo el cuerpo y á medida que se penetra en sus habitaciones, la emoción va en aumento; pero donde el efecto llega a su periodo álgido es al penetrar en el Salón de las Batallas, pues se acumulan en la mente tantos recuerdos, tantos sacrificios, tantos heroísmos, que la cabeza más serena y la voluntad más templada se sienten como sobrecogidas, hasta de espanto si fuera posible cupiera en el corazón carlista y cristiano.

Las acciones de Lácar y Lorca, la acción de Montejurra, la de Abárzuza donde murió el general liberal Marqués del Duero, Somorrostro donde estuvo detenido todo el ejército liberal por varios días, las batallas de Alpens donde pereció el brigadier liberal Cabrinetty y otros, etc., de nuestra época, pero ¿que diré de las otras guerras que hemos sostenido contra la Revolución y el liberalismo?

Dijo Tertuliano que la sangre de los mártires era semilla de cristianos y podemos decir que la sangre de los carlistas ha sido y es semilla de carlistas, pues se vé la gran diferencia que hay entre el partido, ó mejor dicho Comunión, de como está ahora, á cuando estalló la Revolución de Septiembre. Entonces no teníamos ni Diputados, ni Senadores, ni Círculos, ni Juventudes, ni periódicos apenas; y á los cuatro años, al grito magno de Dios, Patria y Rey, organizamos un ejército de ochenta mil hombres, que tuvo en jaque á la Revolución por más de cuatro años, y qué no haríamos ahora si la ocasión se presentase propicia para reverdecer laureles [...]cesibles?

La última guerra fué providencial, despertando en ella la Comunión tradicionalista; pues si se mira despacio y con serenidad lo que se ha hecho después de treinta años, el ánimo se levanta y se vé que Dios no abandona nunca á los suyos. Véase si no a lo que quedó reducida la Comunión desde su malhadado Convenio de Vergara á 1868, y véase como estamos ahora; no hay paridad, pues entonces no había apenas carlistas, y los que había lo callaban por prudencia, y hoy casi es un timbre de grandeza el ser carlista, pues hasta nuestros enemigos tienen que contar con nosotros para todo, pues somos, hay que decirlo muy alto para que todo el mundo lo sepa, un factor muy importante de la política española.

Sin la Comunión carlista la Iglesia católica de España estaría cien veces peor que en Francia; ¿á qué se debe eso? pues á Lácar, á Somorrostro, Montejurra, Alpens y otros cien combates, que han hecho que la Revolución obre de muy distinta manera en España que en otras naciones, pues sabe hay muchos miles de españoles dispuestos siempre á dar su vida por Dios, la Patria y el Rey.

EL DUQUE DE SOLFERINO
Presidente del Consejo de Administración del «Fomento de la Prensa Tradicionalista»

Manuel de Llanza y Pignatelli de Aragón,
Duque de Solferino (Barcelona, 1858-1927)

EL CUARTO DE BANDERAS

Nada pudiera ser más grato á mi corazón de soldado, que la honra inmerecida que me dispensan mis correligionarios del Fomento de la Prensa Tradicionalista, dejándome un hueco, al lado suyo, en este Álbum preciosísimo, en donde, á defecto de galas literarias, pueda demostrar una vez más el culto que profeso á nuestro inolvidable Desterrado del Loredán.

Conducido en alas de mi pensamiento, desaparecen las distancias, ábrense las puertas á mi paso y me encuentro arrobado en el mágico recinto donde la piadosa mano del Rey de nuestros ideales ha sabido acumular las glorias y las grandezas de aquel brillante Ejército que, formado porheroicos voluntarios, supo escribir tan alto su renombre á costa de su sangre generosa.

Banderas, espadas, monturas, condecoraciones, proyectiles, rodean en aquel salón encantador al retrato de nuestro gran Caudillo y todo allí nos recuerda el deber en que estamos de reverdecer nuestros antiguos lauros, siendo pródigos en los sacrificios y parcos, muy parcos, en las promesas ilusorias.

El ambiente que se respira en el Cuarto de Banderas anima y refriega el alma noble del soldado de la Fé; y á la presencia de tantos y tan gloriosos trofeos acuden sólo viriles sentimientos á los corazones esforzados de los héroes de la legitimidad que, al jurar una vez y para siempre su santo lema, no retrocederán jamás en su camino.

Mirando los sagrados lienzos de las enseñas españolas con sus distintos colores, con sus leyendas varias, con sus símbolos guerreros, aparece la visión de las bravas fuerzas que las tremolaron en los campos de Cataluña y Aragón; en las montañas Vascas y en Navarra, y en manos de valientes hijos de Castilla, que fueron á guerrear al lado de su Príncipe elegido, abandonando la tranquila paz de sus hogares, sus carreras y fortunas, sin otra finalidad que la de su nobilísimo entusiasmo.

Eraul, Udave, Montejurra, Somorrostro, Portugalete, Lácar, Alpens, Aviñó, Cuenca y cien otras victorias, están representadas en los muros de aquel precioso Cuarto por el vivísimo recuerdo que despiertan sus banderas; y allí también [están] las invictas sombras de Carlos V, de Zumalacárregui, de Santos Ladrón, de Sanz y de Guergué, de Gómez, de Eguía, de Elío, de Villarreal, de Dorregaray, de Ollo, de Radica, de Lizárraga, de Argonz, de Valdespina, de Velasco, de Mogrovejo, de Tristany, de Castells, de Vilageliu, de Calderón, de Sangarrén, de Cavero, de Francesch, de Díaz de la Cortina, de Balanzátegui y de Lozano, y de otros innumerables mártires ó caudillos que, parecen levantarse en medio de los trofeos, de [los lemas] y de los proyectiles, recordando su lealtad y sus inmortales hechos para enseñanza de las generaciones venideras.

Allí tenemos á nuestra bandera capitana, con la imagen de la Virgen dolorosa, reliquia venerada que fué entregada por su abuela al tierno Príncipe don Carlos, nacido en los do[lores] del destierro, y allí también se encierran las espadas que [usó en la] campaña para reivindicar sus derechos [...].


Palacio de Loredán. Cuarto de Banderas.


EL DESPACHO DE DON CARLOS

Todos los salones del Palacio Loredán, residencia del augusto señor Duque de Madrid, están adornados con recuerdos de nuestra querida Patria, á la que Él ama con inextinguible afecto, pero entre ellos descuella, en las impresiones que yo conservo de mi visita al egregio Desterrado, el salón Despacho.

Allí, rodeado de los retratos de sus fieles servidores, se dignó recibirme el descendiente de Carlos V, y durante aquellas inolvidables entrevistas pude comprender, o vislumbrar cuando menos, los altos pensamientos y el nobilísimo corazón del señor Duque de Madrid.

Allí pude ver su alma abierta a todas las más elevadas aspiraciones, allí escuché de sus augustos labios palabras de amargura en presencia de las amarguras de España, víctima del liberalismo; allí conocí el amor que siente por Cataluña y cuanto le interesa conocer el estado de esta noble y viril región; allí, por último, escuché estas palabras que conservo fielmente en mi memoria:


Cuando por la Divina Misericordia tenga la dicha de poder ir á cumplir, como Conde de Barcelona, la solemne promesa que hace más de treinta años hice a los pueblos de la antigua Corona de Aragón, de devolverles sus fueros venerados, adaptándolos de común acuerdo á las exigencias de nuestro tiempo, espero que al implantar el sistema que ha de levantar de su actual postración, á todas las regiones españolas, Dios nos concederá ser la aurora de una época feliz y gloriosa para nuestra hoy tan desgraciada patria.


Despacho de Don Carlos

En este Despacho también escribió un día el ilustre proscripto estas frases que nunca debemos olvidar:


Tampoco necesito hablarles especialmente del Regionalismo y de la cuestión obrera, cuyos problemas se desarrollan ahora en Cataluña, pues sé que se han de inspirar en nuestro programa, que encierra soluciones eficaces, y en mis manifiestos, en los cuales he afirmado mis propósitos y mis sentimientos que también son los vuestros. Defensores de la verdad en todos los órdenes, debemos practicarla siempre. 
Y ahora réstame tan solo manifestaros mi satisfacción por la energía desplegada y por la fuerza de voluntad que en esta ocasión como en tantas otras he admirado en el carácter catalán.


Necesitaría yo varias páginas para expresar con fidelidad los altos conceptos que he oído de labios de don Carlos en aquel hermoso Despacho y las hondas impresiones sentidas por mi al oírlo y que ahora renuevo vivamente al recordarlas.

Sólo sé decir, como síntesis de mis creencias y opiniones que Don Carlos es el nombre que España necesita.

JOSÉ ERASMO DE JANER
Delegado regional

José Erasmo de Janer y de Gironella
(Barcelona, 1833-1911)

Fotografías del Palacio Loredán realizadas por los corresponsales de El Correo Catalán (1907)

Palacio Loredán
Vestíbulo

Capilla del Palacio

Secretaría
Comedor

Gran Salón

Salón denominado de Ollo y Zumalacárregui

Biblioteca y Billar

Cuarto Indio

Cuarto de la Dama

Los Sres. Duques de Madrid. 1) En su automóvil.
2) Visita a su santa madre. 3) En su embarcadero

Los Sres. Duques de Madrid en su Lancha Automóvil (Ondárroa)

Tomado del álbum LOS SEÑORES DUQUES DE MADRID EN EL PALACIO LOREDÁN (1907)

dilluns, 13 de febrer de 2017

Josep Mañá i Puig


Arran de la mort de Ferran VII, a qui servia com a Oficial de l'Estat Major i amb el grau de Comandant, es va separar de l'Exèrcit liberal i va oferir la seva espasa i la seva fortuna al senyor Don Carles Maria Isidre de Borbó, aixecant la seva bandera a Catalunya, on va reunir sis-cents homes, als qui mantenia de la seva butxaca particular.

El dia 13 de febrer de 1834, denunciat per un amic traïdor, va ser pres a casa Solé de Beró juntament amb alguns dels seus homes. Portats a Castelltersol, van ser afusellats el comandant Mañá, el Pare Tusquellas dels Agonitzants i altres companys de desgracia.

* Extret del «Vade-mecum del jaimista». Biblioteca Tradicionalista (VI): p. 36. Juny del 1914 i de l' «Álbum Histórico del Carlismo». 1935.

divendres, 6 de gener de 2017

La Monarquia federal del carlisme

Del programa tradicionalista (1925)

Hi ha una llei sobirana que regeix l'existència i constitueix el modo d'ésser íntim i essencial de fotes les coses. La unitat i la varietat. En la constitució de les societats no falta aquest a llei, en la que es manifest a la unitat per mitjà del poder, i la varietat per les jerarquies, elements ambdós necessaris en tota organització social, quina coexistència, al mateix temps que cumpliment de l'ordre divinament establert, és garantia de la llibertat del poble.

La monarquia cristiana acompleix perfectament aquesta llei per la constitució del poder únic, estable i limitat. Unic en la persona del rei, en qui s'actua; estable en la seva família, en qui es perpetua; limitat, perquè ho està per les jerarquies socials que constitueixen l'element natural i orgànic de residència material enfront del poder. No falten Corts en la monarquia tradicional; però aquestes Corts no són poder, sinó limitació del poder i resclosa contra els seus desbordaments.


Res més lluny de nostra Monarquia que un poder absolut, sens límits; aquest poder ultratja a la divina majestat, atribuint a l'home lo que sols a Déu perteneix, i ofén a la dignitat de l'home, sotmetent-lo del tot a la voluntat d'un altre horne. El Tradicionalisme estableix dos límits al poder: un per dalt, la llei de Déu i de l'Església; altre per baix, les jerarquies socials i el règim corporatiu, la sobirania social, segons frase d'en Vázquez de Mella.

No som, doncs, absolutistes, rebutgem amb energia aquest qualificatiu. Aspirem a la restauració de la monarquia federal. Creiem com l'il·lustre Gabino Tejado, que

«España es una federación de regiones formadas por la naturaleza, unificadas por la Religión, gobernadas por la Monarquí a y administradas por los Concejos.»


Gabino Tejado (1819-1891)

O en altres termes: «España es un conjunto de repúblicas regidas por una monarquía». Però, al parlar de federació, no ens referim a la revolucionària, això és, a la nascuda del pacte establert entre l'Estat i les regions. Segons aquesta teoria, la única font de dret és el contracte. Nosaltres som partidaris de la federació històrica que suposa que l'Estat, com resultant que és i posterior, per tant, a unes regions que existien ja i tenien personalitat històrica i jurídica determinada, no pot fer perdre a dites regions, a l'unirse en concert mútuu u per a formar un Estat superior, els drets, llibertats i prerrogatives de que disfrutaven abans de federar-se, sinó que, lluny d'això, les regions, dintre de l'Estat comú, mantenen aquella part de la seva individualitat que consideren privativa seva. I així Catalunya, per exemple, a l'unir-se, primerament amb Aragó, i després amb Castella, per pactes matrimonials, no perdé la seva personalitat jurídica i històrica, sinó que té el dret de conservar-la amb totes les llibertats inherent a la mateixa; de manera que en el règim tradicional l'autoritat del monarca ofereix distintes modalitats: una com a Cap de l'Estat espanyol; altra com a Comte de Barcelona, i altra com a Senyor d'Alava, Biscaia i Guipúscoa, etc. El subjecte de la sobirania és un mateix en l'Estat i en les regions; però les manifestacions del poder són diferents en lo que privativament correspon a aquelles.

Espanya, per a ésser lliure, necessita abans que tot tenir un Govern esencialment descentralitzador; una Monarquia federal. Deia el vescomte de l'Esperança que Carles I matant les Comunitats de Castella i Felip II prenent els furs d'Aragó, inauguraren una política centralitzadora que havia d'ésser funesta per a l'administració d'aquells regnes, i afegia:

«Lo decimos sin inconveniente y sin temor; no vamos a resucitar lo pasado, vamos a echar los cimientos para lo porvenir. Lo pasado lo recibimos a beneficio de inventario, como una herencia de donde hay mucho bueno que recoger y mucho malo que rechazar. Rechazamos pues, francamente, el centralismo de la monarquía absoluta. Tal vez Carlos I y Felipe II fueron movidos por un interés superior al interés de la administración, pero sea de esto lo que se quiera, el hecho es que política y administrativamente hicieron mal, y mal hicieron también sus sucesores en continuar con semejante sistema.»


"Vizconde de la Esperanza",
pseudònim de Julio Nombela (1836-1919)

Urgeix, doncs, retornar als temps de la gloriosa monarquia tradicional en la que les regions i els municipis eren lliures, amb la cristiana llibertat que va fer tan gran i poderosa a la pàtria espanyola en altres temps. Sense aquesta llibertat, que té el seu fonament en el dret i en la història, la vida política i la prosperitat del poble resulten impossibles.

EL CORREO CATALÁN (Barcelona, 1925)

Reproduit per LLIBERTAT (Igualada, 14 de març de 1925)

dilluns, 2 de gener de 2017

Monseñor Pedro Lisbona

Tal día como hoy, hace 61 años, fallecía Monseñor Pedro Lisbona Alonso. Melchor Ferrer, historiador de la Causa, nos dice de él que nació en Aragón, hijo de un oficial carlista de la Tercera Guerra. Vivió constantemente en Cataluña. Fue sacerdote, redactor y luego vicedirector del órgano de la Comunión Tradicionalista en Barcelona: El Correo Catalán. En 1922 le fue concedido el título de Camarero Secreto de Su Santidad con el tratamiento de Monseñor. Estuvo preso por los rojos, pero fue liberado al ser rescatada Cataluña por el ejército nacional. Era periodista de honor y profesor de la Escuela de Periodismo de Barcelona. Fue condecorado con las cruces de San Raimundo de Peñafort y de la Legitimidad Proscrita. Reproducimos a continuación el artículo que con motivo de su muerte le dedicara La Vanguardia Española.

Mons. Pedro Lisbona Alonso
(Argabieso, 5/7/1881 - Barcelona, 2/1/1955)
Monseñor Pedro Lisbona Alonso nació [en 1881] en Argavieso (Huesca), y estudió en los Seminarios de Vich y Barcelona. Comenzó su vida periodística con el siglo, siendo seminarista en el Conciliar de nuestra ciudad, redactando, junto con el inolvidable canónigo barcelonés doctor Baranera y el doctor Soler, un semanario de combate que se titulaba El Rusinyol, que aparecía en Badalona. Más tarde empezó a colaborar en El Correo Catalán, usando el seudónimo de «Elias Sanpon Barbool», con cuya firma se publicaron infinidad de artículos. En 1908 le representó en la Asamblea Nacional de Buena Prensa de Zaragoza. Más tarde, fue nombrado Jefe de El Correo Catalán, en substitución de don Salvador Morales, que pasó a dirigir El Correo Español, de Madrid. Desde dicha fecha no perteneció a ningún otro periódico, figurando en su redacción —salvó los años de la Cruzada, en que el diario fue incautado por los rojos— hasta su muerte.

Hacia 1920 fue nombrado subdirector, cargo que ostentó hasta el mismo momento del Glorioso Movimiento Nacional. Sus campañas desde las columnas del viejo órgano del Tradicionalismo barcelonés fueron numerosísimas y algunas de ellas de gran resonancia. La primera que llevó a cabo fue a raíz de la liquidación, de la famosa Semana Trágica, que valió al periódico la rotativa «Albert», por subscripción popular.

Entre otros seudónimos, monseñor Lisbona usó el de «Wifredo», que empleaba para los editoriales; el de «Víctor» y «León de Padilla», para los artículos doctrinales y de orientación católica, así como también de «Plinio», para otra clase de trabajos.

Al estallar la revolución roja fue detenido, y el día de Navidad de 1936 fue juzgado, solicitando el fiscal del «tribunal popular» la pena de muerte, por su calidad de sacerdote y de periodista. Conmutada la pena, permaneció en la cárcel hasta febrero de 1939, en que fue liberado por las tropas nacionales en la cárcel de Figueras, reincorporándose pocos días después a la Redacción de El Correo Catalán.

Con motivo de la Exposición Internacional de 1929 fue nombrado presidente del Comité y Casa de la Prensa, recibiendo y atendiendo a más de mil personas españolas y extranjeras que visitaron el certamen. Fue varias veces directivo de la Asociación de la Prensa de Barcelona y lo era [en el momento de su fallecimiento] de su Montepío.

Realizó tres viajes a Roma y varios a Francia y Suiza. El último a la Ciudad Eterna tuvo efecto en mayo de 1953, con la peregrinación organizada por El Correo Catalán con motivo de cumplirse las bodas de platino del periódico. Por la Santidad de Benedicto XV le fue otorgada la dignidad de camarero secreto de S. S. (monseñor), ratificada por los posteriores Pontífices.

Durante medio siglo participó en todos los Congresos Nacionales de Buena Prensa, siendo miembro del Comité organizador del último, en Toledo, con el obispo de Málaga, eminentísimo doctor Herrera Oria, entonces director de El Debate.

Son numerosas las conferencias pronunciadas sobre temas periodísticos, siendo quizá la más importante la que pronunció en Vich, acerca de «El Criterio», de Balmes, al cumplirse su centenario, y que publicó La Gaceta de la Prensa. Monseñor Lisbona era capellán del colegio de San Gervasio del Instituto de Religiosas de Jesús-María; profesor del Instituto Montserrat de Segunda Enseñanza y profesor de la Escuela Oficial de Periodismo.

El sacerdote y periodista D. Pedro Lisbona homenajeado por el ministro Antonio Iturmendi
con la Cruz de Honor de San Raimundo de Peñafort (Hoja del lunes, 26/04/1954)

Una vida de consecuencia y apostolado

Nos será muy difícil a los periodistas de Barcelona y a cuantos amigos, numerosísimos, le trataron y amaron con ocasión de sus actividades, olvidar la bondad esencial de monseñor Pedro Lisbona, sacerdote extraordinario ante todo, que convirtió la llama de su vida en vocación y ejemplo, en apostolado incesante y permanente. Pero, después de sacerdote, y como la más noble de sus dedicaciones humanas, don Pedro Lisbona fue un periodista recio, íntegro y veterano; tanto, que hace ya tiempo cumplió simultáneamente, como se sabe, sus bodas de oro con el sacerdocio y con el periodismo.


Periodista de altísimos vuelos, maestro en la doctrina; apologista extraordinario como era también predicador meritorio. Y había de serlo quien, como él, gozaba de una preparación vastísima en las ciencias divinas y humanas, convertidas en su espíritu privilegiado en convicciones firmísimas, religiosas, sociales y políticas, intransigentes con el error, aunque su corazón, esencialmente bueno, Como decimos, estuviera siempre pronto a transigir con las personas; por esto se le quiso y por este motivo no le olvidaremos con facilidad.

Pero, no sólo era un periodista doctrinario y vocacional; el doctor Lisbona era también hombre de redacción y de taller. Conocía como pocos los entresijos del oficio periodístico y fue, en la práctica, un experto redactor-jefe, un buen confeccionador y, en todo instante, un titulista agudo, como era editorialista fácil y admirable articulista. Cuando el ministro de Información le discernió el título de Periodista de Honor realizó un acto de estricta justicia, que honró a toda la clase periodística barcelonesa, orgullosa de verse tan insuperablemente representada por tan ilustre compañero y maestro.

La extraordinaria obra dispersa del doctor Lisbona a lo largo de cincuenta años de intenso trabajo (sermones, homilías, cursillos, conferencias, retiros, editoriales, artículos, colaboraciones, explicaciones en el Instituto de Segunda Enseñanza y en la Escuela de Periodismo) constituye el máximo elogio y justificación de la vida fecunda de un ministro de Dios que convirtió su existencia entera en apostolado. Un apostolado multiforme y proteico, y por ello más meritorio a los ojos del Todopoderoso y de los hombres. Nosotros, que le conocimos, le tratamos y le admiramos, en el momento de hacer precipitado balance de la personalidad de monseñor Lisbona con explicable emoción, sacamos la impresión categórica de que será difícil aventar, humanamente hablando, los tesoros que sembró su activa existencia.