diumenge, 28 d’agost de 2016

A Balmes

Jaime Balmes y Urpiá (Vic, 1810 - 1848)

Apóstol de la ciencia
con tu saber profundo,
pasaste por la tierra como gentil visión,
las almas y los pueblos
a tu númen fecundo
te rinden vasallage de amor y admiración.

En lazo misterioso
supiste cual hermanas
pintar sin confundirlas, a la razón y Fé,
en alas de tu genio
volaron soberanas
y el mundo las admira porque reinar las ve.

A la razón dijiste
lo que de grande encierra,
sus fueros limitados lograste señalar,
y de la Fé cristiana
tu pluma por doquiera
signó los purés lauros que debe conquistar.

La Religión y patria
cubren de siemprevivas
la tumba donde yaces, oh relucente sol,
evocan tu memoria
tus gigantescas obras
y en ecos de tu fama se cubren de arrebol.

Sublime sacerdote,
los labios al nombrarte
presagian los alientos de sana juventud
tus hechos y tus obras
al escolar le cuentan
lo que en el mundo valen, la ciencia y la virtud.

Septiembre, 1910

LA ATALAYA LERIDANA (Tremp, 15 de septiembre de 1910)

dimarts, 23 d’agost de 2016

La Cataluña patriota: Los paisanos del Vallés contra Napoleón

Al llegar los franceses al Vallés en marzo de 1809, era tal la superioridad de las fuerzas invasoras que los mismos generales franceses creyeron llegada la hora de la rendición total de la comarca, sobre todo teniendo en cuenta las amenazas de lo que pasaría si no lo hacían. Por eso, las avanzadas enemigas que se encontraban cerca de Canovelles, aprovechando tal vez que era Viernes Santo, enarbolaron la bandera blanca para parlamentar. Los vallesanos correspondieron, y entonces se avanzó un mensajero del general de las tropas francesas y en nombre de éstas les intimó a que depusieran las armas y regresaran tranquilos a sus casas, puesto que el ejército francés solamente hacía la guerra a las tropas regulares y no a los paisanos, y les informaba que si no accedían a tales propuestas tenía ya allí una división francesa, que esperaba otra y que pronto también llegaría la de Saint-Cyr, para obligar por la fuerza a los que no quisieran permanecer pacíficos de grado.

La contestación de los vallesanos no se hizo esperar. Al día siguiente, Sábado de Gloria, la entregaron por escrito al general francés en su mismo campamento de Granollers. Decía así:

Estos paisanos, que tienen a grande honor de ser una porción, bien que pequeña, de la noble, generosa y valiente Nación Española, están íntimamente penetrados de los males que han recibido de las tropas francesas en las muchas ocasiones, que por desgracia han invadido sus pacíficos domicilios: las casas incendiadas, los muebles y efectos robados, las tímidas mujeres violadas, asesinatos a sangre fría, y sobre todo profanados los objetos de la Religión de sus padres, han sido el fruto de sus servicios que habían prestado a aquellas tropas cuando el Gobierno Español mandaba alimentarlas.
Horrorizados justamente de tan duros procedimientos, no tienen otro arbitrio que repeler la fuerza con la fuerza, y por más que por sí solos no puedan sostenerse en sus pueblos abiertos e indefensos, se atrincherarán en los montes inmediatos, serán sus valles los fuertes que les defenderán y desde ellos opondrán a sus enemigos la más tenaz resistencia, mientras el Gobierno les ordene mirar como a contrarios a los vasallos de Napoleón.  
El general que manda en Cataluña a las tropas españolas es el conducto por el cual deben venir a dichos paisanos las órdenes a que deben sujetarse. En este instante se da parte a S.E. de la proposición que motiva, este escrito: sus mandatos serán los únicos obedecidos, y entretanto se espera de la benignidad del general francés, que cesarán las hostilidades en estos pueblos, que en este supuesto no cometerán alguna contra las tropas francesas, aunque permanecerán los paisanos en los puntos que ocupan.

Si contra toda esperanza fuera desatendida tan justa proposición, no habrá medio de que no se valgan estos naturales, para librarse de la invasión que padecen: son muchos sus recursos, nunca se rendirán a un poder que no les ha manifestado otro derecho que el de la fuerza. Émulos en valor y constancia de toda la España que resiste tan inmenso poder, no se separará jamás este partido de los nobles sentimientos que respeta la nación entera. El general Saint-Cyr y sus dignos compañeros, podrán tener la funesta gloria de no ver en este país más que un montón de ruinas; podrá gozarse como los caníbales de pasearse sobre los cadáveres que sacrificare a su furor, pero ni ellos, ni su amo dirán jamás, que este partido del Vallés, rindió la cerviz a un yugo que justamente rechaza toda la Nación.

Esto responden todos los paisanos del Vallés representados en los que ocupan las expresadas alturas. A 1.º de abril de 1809.

LOS PAISANOS DEL VALLÉS.

Historia crítica de la Guerra de la Independencia en Cataluña (Antonio Bofarull y de Brocá, 1836)

dimecres, 17 d’agost de 2016

El General Juan Romagosa

(La Bisbal del Penedés, 1791 - Igualada, 1834)

Don Juan Romagosa, Mariscal de Campo en 1820, entusiasta de la causa realista —que le llevó a ponerse a las órdenes de la célebre Regencia de Urgel en su campa­ña contra los liberales— y, por último, gobernador político-militar de Mataró y de Ciudad Rodrigo, marchó a la emigración, tan pronto como expiró Fernando VII, para ofrecer su espada a Carlos V.

Hallábase en Italia, cuando éste le nombró, en 1834, Comandante general de Cataluña, con el empleo de teniente general, a fin de que, de acuerdo con el Infante don Sebastián, dirigiese las operaciones de la guerra en el Principado.

Esclavo del deber, fletó en Génova un bergantín, a bordo del que arribó el 12 de septiembre de aquel año a las playas de San Salvador y punta de Bazá, burlando la vigilancia de los cruceros españoles y franceses.

Dictó las primeras disposiciones como General en Jefe y, oculto en la casa del párroco de Selmas, planeaba el levantamiento de los leales catalanes; mas, descubierto por los agentes de Llauder, comandante general cristino de la región, fue conducido a Igualada y pasado por las armas el [17 de agosto de 1834].

Idéntico fin tuvo su secretario, como lo tuvo por aquellos días, en Lérida, D. Ramón Aldama. Los tres dieron pruebas de valor y de fe ejemplares en aquellos trá­gicos momentos y su sangre generosa regó las tierras del Principado, terreno fértil en heroicos soldados de la santa Causa.

EL CRUZADO ESPAÑOL (16 de agosto de 1929)

diumenge, 14 d’agost de 2016

80 aniversari d'en Tomàs Caylà i Grau

Amb motiu del 80 aniversari de l'assassinat de Tomàs Caylà, cap regional de la Comunió Tradicionalista a Catalunya, reproduïm l'escrit que el capellà Mn. Marcel·lí Robert i Sendra, rector de La Canonja que havia estat amic d'en Caylà, va escriure amb motiu del 40 aniversari:

Quaranta anys després

(14 d'agost de 1936)

Tomàs Caylà i Grau (Valls, 1895-1936)
Per un deure d'amistat i de justícia, porto avui a la memòria dels vallencs a don Tomàs Caylà i Grau, últim Cap Regional de la Comunió Tradicionalista de Catalunya i insigne vallenc, i a tots aquells qui per amor a Déu i a Espanya donaren generosament la seva vida.

Regirant papers vells he trobat cartes que parlen de Caylà. ¡Qui no el coneixia en aquella temps de la República! Lluitador infatigable. El seu amor a la Pàtria s'unia a les seves creencies catòliques.

Fer una descripció de Caylà, és desenvolupar un conjunt de virtuts cristianes i cíviques que un hom queda admirat. Només cal donar un cop d'ull al setmanari Joventut, d'aquell temps (abans del 36), els seus discursos en actes marians, les seves intervencions en el Saló de Sessions de l'Ajuntament de Valls.

Pot fer-se una radiografia cívico-religiosa d'ell: home senzill i fort, prototipus del qui posseeix la virtut de la fortalesa. Profundament religiós, sense la qual no s'entendrien les lleves actituts moltes vegades heroiques. L'advocat insubornable, el periodista buscador de la veritat. el Conseller municipal sempre al servei del poble, mai del caciquisme. Home lleial, i això ho sabien els seus adversaris polítics. Per cumplir amb Déu i la Pàtria s'ho jugava tot. Per això afronta més d'una vegada la presió innoble dels qui formaven la majoria. El seu exili a la ciutat de Lleida durant el Directori, la seva expulsió, contra dret, del Saló de sessions per la majoria republicana de Valls confirma el que hem dit.

L'home de l'acció social, incomprès per uns i altres. El cèlibe per a dedicar-se totalment als demés. El cooperativista puntal del Sindicat de Valls. L'incansable, d'ací d'allà, en busca de la bona gent dels nostres pobles. El Líder natural, que en mig de la seva bondat i bonhomía, arrastrava a la gent fruit d'aquell foc interior que irradiava a través de la seva personalitat. Mai el carlisme havia arribat tan amunt a Catalunya com en el temps d'aquells famosos «aplecs» de Montserrat i Poblet obra de la seva entrega a la Causa.

Aplec tradicionalista (carlista) a Montserrat, novembre de 1935. 

L'enamorat de les idees grans i despreciador de les baixeses dels qui volen pujar sigui com sigui. L'equilibrat, fruit de la seva vida interior, alimentada amb la Santa Missa, confessió, Direcció espiritual i enamorat de Crist Eucaristia.

Congregant exemplar i un dels fundadors de la mateixa. La Mare de Déu de la Candela alimentava el seu amor als demés i la rigidesa de la seva vida d'asceta.

És digne d'ell, d'aquesta llealtat als seus principis la carta dirigida a la seva mare. En un lloc de la mateixa expresa:

«van molt equivocats els qui creuen que la salvació de la Pàtria es trobaria en un govern de força que permetés continuar als poderosos gaudint amb quietud dels aventatges que la seva posició els dóna en una societat envilida, luxuriosa, egoista, materialista fins a l'extrem que s'ha allunyat de Déu, encara que externament acudís als temples

Més avall diu:

«Jo no sé quin serà l'esdevenidor que Déu te reservat a Espanya. Sigui el que sigui no cal perdre l'optimisme, perquè per damunt de tot sabem que els poders i les potestats de l'infern res podran en definitiva contra l'Església de Crist i pel que es refereix a Espanya, mai com ara hem de posar confiança en el cumpliment de la promesa del Sagrat Cor que regnarà a Espanya».

En La Hoja Parroquial de Valls, dedicada als dies tràgics, del 28 de juliol de 1946, l'allavors arxiprest de Valls, Mn. Andreu Roig, de santa memòria, ens diu entre moltes coses, al cumplir-se els 10 anys del 18 de Juliol:

«Molts homes i dones ofuscats per aquelles propagandes i excitats els seus més baixos instints, qual feres en llibertat, sense·frè ni sentiment diví i humà algú, es llençaren a la destrucció, al pillatge, a l'assassinat més horrible, a la persecució de tot el que tenia un regust de cosa religiosa, en fi, es desenrotllà la revolució més iniqua, més cruel que registren els anals de la nostra història....»

Plaça del Pati de Valls, on fou cruelment assassinat Tomàs Caylà.

I continua:

«Demanem un record cristià i piadós per a tants com foren víctimes de la furia revolucionària, la major part d'ells per el sol delicte de ser sacerdots o religiosos, de cumplir com a cristians, o tenir una ideologia més a to amb la raó i la dignitat humana... recordem nostres temples, nostres imatges, tantes coses sagrades sacrílegament profanades i destruides... Recordem amb ganes de perdó i de treballar per la seva dignificació espiritual i humana, a tants com, segurament per una ofuscació, foren els inductors i instruments de tantes desgràcies i crueltats... i a les autoritats que no cumpliren amb el seu indispensable deure... recordem també els danys d'ordre moral i espiritual que causaren.»
«Els fets del mes de juliol de 1936 constitueixen una gran lliçó; que la realitat de cada dia ens mostra que pocs l'han apresa. Fou una crida de Déu, que pocs l'han escoltat...»
«Que el pensament d'esdeveniments tan greus ens mogui a ser millors, a treballar per l'aixecament espiritual, moral, educatiu i cultural dels nostres pobles, a viure més santament, a ser més justos... és l'única manera posible d'evitar una futura repetició».

Recordo unes paraules d'en Caylà que a tots ens ha de fet pensar però principalment els qui volen aixecar bandera de seguidors del carlisme:

«A tots aquests i els qui han estat amics meus, trametre-lis, mare estimada, l'encarrec meu de què per damunt de tot i passi el que passi, no abandonin les creències del Catolicisme i no facin traïció a la fe». 

I acabo amb un prec de Mn. Andreu Roig, antic arxiprest de Valls:

«Fem, doncs, avui, santa memòria dels qui moriren per Déu i la Pàtria, i amb fervorosa pregària demanem que des de la Pàtria dels Justos on habiten per sempre, beneixin la Santa Església, a la nació espanyola, als seus familiars i amics, a tots els habitants de la nostra ciutat perquè seguint les seves lluminoses petjades caminem ferms i constants pels camins de la rectitud la justícia i la santedat».


Marcel·lí Robert

La Canonja, agost de 1976

JOVENTUT DE L'ALT CAMP (7 d'agost de 1976)

dissabte, 6 d’agost de 2016

Tomás Caylá o la moral del Alzamiento

Por Jaime Tarrago (agosto de 1978)

Los que anduvimos en la preparación del Alzamiento, en Cataluña, conocemos muy bien la firmeza, y la intrepidez de cómo se vibraba en Tarragona. Misiones muy delicadas me llevaron a intimar con el teniente de Infantería, Gaspar Fortaleza, el capitán José González, el capitán médico Enrique Oregón y, particularmente, con el abogado Tomás Caylá Grau, jefe regional de la Comunión Tradicionalista de Cataluña. ¿Cómo olvidar la gesta de los carlistas en Solivella, el calvario de los que en el barco-prisión Cabo Cullera y en el vapor Río Segre sufrían horrible cautiverio y gran número de presos encontraron la muerte? Yo era amigo de Adolfo Bellés, de José Marín, de Manuel Canalda, de Luis de Cruells, de Aurelio Prada, de Fausto Muñoz, de Restituto González. Tengo un recuerdo inmejorable del entonces valiente capitán y siempre integérrimo José María Sentís.

Pero entre la galería de tantos recuerdos, para mí, el nombre de Tomás Caylá resplandece con auras únicas. ¿Quién era Tomás Caylá? Hijo de Valls, formado en una familia de católicos prácticos, su padre había sido ya asesinado por la subversión. Tomás Caylá cursó sus estudios de Derecho en la Universidad de Barcelona, en donde fuimos condiscípulos. Ejerció como abogado en Valls. Todavía corren anécdotas de la honradez y competencia con que asumía la defensa de sus clientes. En el periodismo destacó fundando el semanario Joventut, tribuna aguerrida contra la Esquerra y el ateísmo. También en El Correo Catalán. ¡Cuántas tertulias compartimos con Juan Soler Janer, entonces director de El Correo Catalán!

Caylá, con el impacto del asesinato de su padre, cuando él tenía diecinueve años, sin complejos se entregó a la actividad política y también religiosa en la Congregación Mariana, y en otras asociaciones de apostolado católico. Pero Caylá era esencialmente el gran luchador tradicionalista. Los gobernadores civiles de Tarragona le tenían marcado y él a ellos. No se amilanó ante ningún ataque. Durante la Dictadura de Primo de Rivera, fue detenido y encarcelado en el castillo de Pilatos, en Tarragona, ya que el capitán-delegado gubernativo de Valls se excedía evidentemente. Caylá no temió los «escamots» de la Esquerra y de la Generalidad, y él, tan entero, en la noche de tremendas pesadillas del 6 de octubre de 1934, en que Companys se sublevó contra España, con José María Sentís aplastaron la sublevación en tierras tarraconenses. Nombrado jefe regional de Cataluña de la Comunión Tradicionalista, creo que fui de los primeros que se enteraron de la noticia. Me confió que sabía a lo que se arriesgaba, pero que aceptaba para que no recayera el nombramiento de jefe regional en otra persona, que después se ha distinguido por intrigar obsesivamente.

Caylá intervino eficazmente en la preparación del Alzamiento en Cataluña. No es el lugar para indagar las causas de las traiciones qué sufrió el Alzamiento en nuestra tierra. Caylá se quedó en Barcelona buscando un refugio que fuera seguro. El odio de los esbirros de la Generalidad era demasiado carnicero para que dejaran escapar a una víctima de tanto precio. Y el día 14 de agosto de 1936, en la casa donde se hospedaba, sita en la calle de Enrique Granados, seis milicianos de Valls lo detuvieron. Preguntaron por Tomás Caylá. El contestó: «Yo soy; os ruego que dejéis en paz a este muchacho.» Se refería a un niño de doce años que estaba en la casa.

Y Tomás Caylá, a las seis de la mañana del día 15 de agosto de 1936, fiesta de la Asunción de la Virgen, en la misma plaza de Valls, frente a su domicilio y casa en donde nació, fue fusilado y masacrado terriblemente. Los rojos hicieron tocar las campanas en señal de júbilo. Obligaron a todos los niños de Valls a desfilar ante su cadáver, celebraron un banquete para conmemorar su asesinato y restregaron con agua sucia su rostro para que pudiera ser reconocido. Más, llamaron a su madre, la venerable doña Teresa Grau, y le comunicaron que en la plaza estaba el cuerpo martirizado de su hijo. La madre bajó, besó aquel cuerpo destrozado, removió sus ropas para comprobar si llevaba el crucifijo y el escapulario, y dijo literalmente: «Ahora ya estoy tranquila». Había sucumbido un mártir de la fe, de Cataluña y de España.

Digamos que Tomás Caylá tenía cuarenta y un años y que no se había casado por entregarse totalmente a Dios sirviéndole a través del tradicionalismo. Su madre lo dijo textualmente: «Mucho me satisfaría que Tomás contrajera matrimonio, pero si, como él dice, manteniéndose soltero puede servir mejor a la causa, estoy muy contenta de que permanezca soltero». Los que convivimos con Caylá le comparamos a los santos que han gobernado los pueblos. Para mí Caylá es como Gabriel García Moreno, como Dollfuss, como los cristeros de Méjico. Caylá encontró el camino de su cristianismo de alto calibre sirviendo a Dios en la política, entendida como vocación, como un misionero o un cartujo lo encuentran en la selva o en la soledad. Tomás Caylá, en mi interior, es alguien a quien invoco con toda seguridad.


UNA CARTA IMPRESIONANTE

Tomás Caylá no obraba en política ni por pasiones, ni por personalismo, ni porque sí. Ante el hecho decisivo del Alzamiento Nacional él quiso asegurarse de la moralidad del mismo. Y el día 18 de julio de 1936, previendo ya lo qué sucedió, escribió una carta a su madre que reproducimos:

A LA MEVA MARE
Tinc el pressentiment de què no sortiré amb vida d'aquests dies de revolució. Quansevol dia, una acusació, una delació, uns trets i un altre mort anònim trobat a quansevol indret de Barcelona poden ésser la meva fi. Possiblement mai se sàpiga quina ha estat la meva fi. Consti que no em vindrà de nou i que és per a mi un cas previst. Tant si és aquesta la meva fi com si ha d'ésser altra més dolorosa, com sigui la que sigui la mort que m'esperi o la mort que la Providència em tingui reservada, des d'ara l'accepto amb plena conformitat repetint les paraules que sempre he desitjat tenir per lema: «faci's, Senyor, la vostra voluntat». Oidà que la mort pugui servir-me d'expiació de les meves grans culpes i que Déu nostre Senyor vulgui perdonar-me, com jo he perdonat sempre, perquè mai he cregut tenir-los, a tots els que es creguin deutors meus. Especialment si he de morir de mort violenta, Déu faci que la meva sang serveixi per a la conversió dels ofuscats que em occeixin.  
Mare meva estimadíssima, molt més estimada del que sempre ha aparentat el meu caràcter fred, a qui dec quelcom que val més que la vida, o sigui les creències i la fe, si jo falto, si perdo la vida, accepti amb resignació cristiana la meva pèrdua, com va saber acceptar la del meu pare (a.C.s.). Jo ja sé que això serà per vostè un martiri, més si el mateix Déu i la seva santíssima Mare ens donaren l'exemple, no podem ni devem nosaltres queixar-nos.  
Quan jo tenia 14 o 15 anys, després de la meva primera victòria moral sobre les passions que de joventut s'havien apoderat de mi, acostumava a resar diàriament una oració, que jo mateix havia compost i en la que hi havia una petició demanant al Senyor la gràcia de morir màrtir. Després han passat els anys i he deixat de fer aquella petició perquè m'he convençut que les meves culpes eren un obstacle perquè Déu em concedís una gràcia com aquella. No podia demanar allò que possiblement sabia no mereixia.  
Ara moriré tal volta, víctima d'una passió política, d'un rabiós ofuscament de la fera humana. És una mort molt allunyada del martiri, però reconec que és la única que mereixo (alabat sigui Déu si així me l'envia).  
Al menys la meva sang, si és vessada, junt amb la de tants ignocents com aquests dies han caigut, servís per salvar a Espanya.  
Van molt equivocats els qui creuen que la salvació de la Pàtria es trobaria en un govern de força que permetés als poderosos gaudint amb quietud dels avantatges que la seva posició els dóna en una societat envilida, luxuriosa i egoïsta, materialista fins a l'extrem, que s'ha allunyat de Déu, encara que externament acudís als temples.  
Beneïda sigui la Providència que permet que la mà revolucionària enderroqui tota la organització actual, com a merescut castig i com a medi perquè en unes noves catacombes es pasti una nova generació veritablement formada en les doctrines que sempre subsistiran del Cristianisme.  
L'actual moviment, sigui el que sigui el resultat final que sembla decantar-se a favor dels revolucionaris, ha estat una equivocació, especialment de tàctica.  
Déu sap que per la meva part havia fet el posible per a convèncer als que hi intervenien que no era aquest el moment oportú ja que devia esperar-se que prenguessin la iniciativa els extremistes de l'esquerra ço, que al meu entendre no hauria tardat a succeir més que dos o tres mesos. No ha estat aquest el procediment i estic plenament convençut de que tots els que ho han acordat ho han fet amb rectitud de conciència i creient que era el moment propici.  
Confeso que em remordeix un xic la conciència el no haver en el moment del perill agafat un fusell i mort junt amb tants amics com han donat la vida. Em semblava i em sembla encara, que aquesta era la meva obligació, però vareig tenir la debilitat de escoltar el consell de diferents persones que em deien que el càrrec em privava la intervenció personal en una lluita que no es preveia es presentés a mort com ha succeit. Tingui, però, la seguritat de que el seu fill no és un covard i que no tem, amb la gràcia de Déu, mirar la mort cara a cara.  
Jo no sé quin será l'esdevinor que Déu té reservat a Espanya. Sigui el que sigui no cal perdre l'optimisme, perquè per damunt de tot sabem que els poders i potestats de l'infern res podran en definitiva contra l'Església de Crist i pel que es refereix a Espanya, mai com ara hem de posar tanta confiança en el compliment de la promesa de que el Sagrat Cor regnarà a Espanya.  
Quan aquests dies, en moments d'aplanament, humanament inevitables, em sento inclinat a sumar-me al clamor dels cristians semblant al dels apòstols en la barca en mig de la tempesta «Senyor, salveu-nos que anem a morí» em temo oir l'hora menys pensada la veu reptora del Diví Mestre amb la gran acusació: «Homes de poca fe». És ben cert que aquest mar tempestuós d'Espanya que sembla voler-nos engolir, es pot calmar instantàniament amb un simple gest del bon Jesús.  
Un encàrrec vull fer-li, mare meva estimada, per tots i cada un d'aquests nombrosos amics (en la plentitud d'edat d'alguns, joves i jovenets altres, infants encara uns pocs) que jo tinc a Valls, a tots i cada un dels quals estimo més que a mi mateix. A tots aquests que han format a la Congregació i a l'Agrupació i han estat amics meus trasmete-lis l'encàrrec meu de que, per damunt de tot, passi el que passi, vingui el que vingui i costi el que costi no abandonin mai les creències del Catolicisme i no facin traició a la fe.  
I V, mare meva estimada, per al cas de que es compleixin els pressentiments que tinc rebi l'última i estreta abraçada del seu fill que es despedeix amb la nostra cristiana i catalana frase de «al Cel ens poguem veure».  
Tomàs Caylà

Pensamos que es un documento precioso. Tomás Caylá queda retratado de cuerpo entero. Mejor dicho, esta carta es un espejo de toda una vida, una espiritualidad y una ejecutoria política que sólo en las filas del carlismo llega a estas alturas.


UNAS ACLARACIONES EVIDENTES

La lectura de esta carta puede dar la impresión, superficial para el que no penetra el fondo del problema, de que Tomás Caylá pudiera sufrir alguna duda sobre la oportunidad táctica del Alzamiento. Pero no es así. Nadie como Caylá estaba convencido de la legitimidad, de la necesidad, de la urgencia del Alzamiento Nacional. ¿Cuáles son las razones que en la más recta ética justifican el Alzamiento Nacional? Sencillamente, la ilegitimidad del Gobierno republicano del Frente Popular. Fue ilegítima la elección de Azaña como presidente de la República, fue descarada la rapiña de actas de diputados en las últimas Cortes, la tiranía republicana era descaradísima, se habían agotado todos los recursos legales de negociación. Se habían dado todos los avisos requeridos para justificar la última razón de una guerra. Nadie como Gil Robles lo puso de manifiesto con las palabras pronunciadas el 16 de julio de 1936, en la Diputación permanente de las Cortes:

«Cuando la vida de los ciudadanos está a merced del primer pistolero; cuando el Gobierno es incapaz de poner fin a este estado de cosas, no pretendáis que las gentes crean ni en la legalidad ni en la democracia... Poco a poco las masas españolas se van desengañando de que por el camino de la democracia no se consigue nada».

Franco afirmaba:

«Una vacilación de pocos días hubiera perdido nuestra causa. Los comunistas preparaban un vasto movimiento. Estaba a cinco días de dar un golpe de fuerza y arrebatar el poder» (La Libre Belgique, 7 de octubre de 1936).

Y Fal Conde, en Le Temps declaraba:

«Nos ofrecimos a servir al movimiento militar, a dominar y prevenir la revolución roja, que estaba en perspectiva» (7 de octubre de 1936).

Y Largo Caballero lo confirmaba así:

«Nosotros declaramos en ese programa (el programa electoral) que el proletariado quiere la socialización de los medios de producción y de cambio, mediante la conquista del poder, haciendo la declaración terminante de que entre el régimen capitalista y el socialista, habrá un período de transición, que es la dictadura del proletariado» (El Debate, 18 de marzo de 1936).

O sea, el dominio comunista estaba programado para el asalto fatídico.

Lo que presumía Tomás Caylá se cumplió con toda rigurosidad. Pocas veces en la historia del mundo se habrá producido una insurrección moralmente más justificada que la del 18 de julio de 1936.


JOVENTUT DE L'ALT CAMP (Valls, 2 de setembre de 1978)

dijous, 4 d’agost de 2016

El terror rojo en Cataluña IV - Gestas del vandalismo

por Antonio Pérez de Olaguer (carlista catalán)

GESTAS DEL VANDALISMO

La magnitud del desbordamiento soviético en Cataluña, la grandiosidad de la revolución roja, con sus terribles características elevadas al cubo, muestra ese desdichado pedazo de la tierra de España abrumado bajo el peso de las gestas vandálicas.

Si Cataluña pecó alguna vez, ha sido ya, lo escribe un español, un anticatalanista, terriblemente castigada. Sus hombres más representativos, los catalanistas, y aún muchos separatistas auténticos, están de vuelta de ese viaje trágico a donde les ha conducido una obcecación absurda. Ya habrán visto que no caben los términos medios. Ni las actitudes particularmente sinceras. Se han visto barridos por una ola de elementos internacionales, escoria del mundo, y Cataluña ha pasado a ser una colonia rusa. En honor a la verdad, un crecido tanto por ciento de los crímenes cometidos no se debe a españoles. Pero la responsabilidad de la llegada a España de esos elementos escapados de todas las penitenciarias, sí, corresponde a malos españoles. Mejor dicho, a unos cuantos malos españoles, vividores de la política, que pueden condensarse en dos seres nefastos: Azaña y Companys.

Cataluña ha pagado muy caras aquellas elecciones sentimentales en favor de sus presos. Grosso modo, en cifra muy general y desde luego muy pequeña, puede decirse que la tragedia, la bancarrota del regionalismo catalanista y del separatismo, ha costado a esa parte de España más de un billón de pesetas.

Además hay que sumar: en primer término, más de 50.000 asesinatos, en su mayoría de hombres de negocios, de inteligencias no mediocres. Ya no pueden dar su fruto. ¿Quién es capaz de calcular el perjuicio que ello ocasiona?

Luego, las fábricas. Rebasan la cifra de 2.000 las que funcionan sovietizadas, lo cual significa tanto como sin orden ni concierto. Las cuentas de los Bancos, controladas y exhaustas. El despilfarro de las cuentas corrientes se ha empleado en guerra y en jornales casi improductivos. Y la escasa producción lograda, ¿dónde la venderán?

Los bosques abandonados, sin cuidar. El regadío y el secano produciendo cosechas ridículas y aun de éstas se ha incautado el Gobierno de Cataluña en buena parte, a fin de que una minoría privilegiada, de bandidos y meretrices, viva opíparamenle. No se ha exportado ni un quintal. No se ha elaborado en serio producto alguno.

Total, la ruina, la miseria, la desolación, la muerte.

He aquí el fruto de la tiranía soviética elevada sobre las ruinas de un separatismo prehistórico y de un catalanismo expresión política de la parte más laboriosa y menos dotada de sentido político entre todas las que integran España.


l.— EL CASO PAR Y TUSQUETS

Alfonso Par y Tusquets (Barcelona, 1879-1936)

De todas las gestas vandálicas, de todos los atropellos inverosímiles, de todos los crímenes horrendos, el caso Par y Tusquets destaca de una manera indiscutible. Es un caso típico, sintomático, definitivo, que refleja, que dibuja, que retrata, como en ningún otro, el grado de audacia y de atrevimiento de una minoria inconsciente, de puro monstruosa.

Porque... Se ha asesinado a muchas personas, cierto. Pero el que más y el que menos ha sido sacrificado a un odio sectario, a una fobia antimilitarista. Par y Tusquets, no. Su sacrificio ha constituido algo al margen de las contiendas políticas, y aun de las venganzas personales tan frecuentes. Contra él no iba nada. Y sin embargo... Por desgracia, no es un caso único. Puede, sin embargo, servir de modelo, porque es el más característico.

¿Quién era don Alfonso Par y Tusquets? En Barcelona tenía una personalidad reconocida y respetada. Había sido concejal cuando Álvarez de la Campa fue alcalde. Pero precisamente por su actuación callada y fructífera no había trascendido su popularidad a la calle y desde luego no fue asesinado por su antigua significación política. Personalmente, era un santo. Solía pasar largas temporadas en Sardañola, donde recordaba, por su virtud y por su bondad, a un patriarca de los tiempos viejos. Ocho hijos tenía: Carlos, Guillermo, Sila, José, Mercedes, Alfonsito, Miguelín y Marta. ¡A la familia consagraba sus amores y sus desvelos! Y a la Literatura, también. Allá, en su rincón, había producido sus mejores estudios sobre el catalán antiguo. Jamás se le conoció enemigos, ni aún en el campo industrial o social, donde ocupaba, por su preparación y por su inteligencia, un puesto destacado.

Llegó la revolución en Cataluña. Las hordas sacrílegas, las tribus salvajes, peores que los invasores bárbaros o que los hijos de Atila, se adueñaron no sólo del arroyo, de donde procedían, sino de toda la ciudad. Criminales vulgares escapados de las cárceles, ocuparon los puestos más altos en la gobernación del país, bajo la pantalla grotesca de Companys y de sus cómplices. Y entonces...

Ya habían pasado los días primeros de alboroto y de bullicio y de crímenes callejeros. Era preciso reintegrarse al trabajo y reanudar la vida. Era preciso abrir las fábricas, aunque faltaran los patronos, los técnicos o sus dirigentes.

Un caso concreto. La falta de algodón había creado un conflicto inmediato. Sin materia prima no podían funcionar las fábricas de tejidos. ¿Cómo solucionarlo?

Y entonces se pensó en don Alfonso Par y Tusquets, ajeno al movimienlo, pacífico por naturaleza, alejado de la política y nada sospechoso. Y se le obligó a aceptar la presidencia del «Comité Algodonero», formado por elementos militantes, a partes iguales, en la CNT y en la UGT.

Par y Tusquets no tuvo más remedio que aceptar. Y, dentro de su conciencia y de su buena fe, se dispuso a trabajar. Inmediatamente surgió la primera y única controversia. La CNT propugnaba importar algodón para, con esta materia prima, poder abrir las fábricas de tejidos y evitar que los obreros se murieran de hambre.

La UGT, por el contrario, opinaba que no se debía comprar algodón, a fin de que los obreros no se reintegraran al trabajo y, acuciados por el hambre, se levantaran contra la sombra de Gobierno presidido por Companys y que resultaba ya demasiado pacifico y aburguesado.

Se procedió a una votación. Como las partes en discusión eran iguales exactamente, hubo empate, que solamente podía deshacer el voto del presidente, señor Par y Tusquets.

El dilema era claro, sencillo, indudable. Debía inclinarse por un lado o por otro en la seguridad plena de que el bando derrotado tomaría una represalia inmediata.

Par y Tusquets, perdido, angustiado, se inclinó por lo que su conciencia le dictaba. Y dijo, sencillamente:

—Que traigan algodón y así trabajarán todos...

Esta era la solución a favor de la CNT. Unas horas después, al salir de su casa, la UGT asesinaba a tiros a don Alfonso Par y Tusquets. La monstruosidad estaba cometida. Ocho hijos huérfanos y unos cuantos centenares de obreros sin trabajo.

Pero había ganado la CNT. Si ella hubiera perdido, ella misma hubiera sido la que hubiera matado a Par y Tusquets.

Lo positivo es que de una parte o de otra estaba irremisiblemente condenado a muerte, siendo inocente en todos los conceptos.

Indiscutiblemente, se trata de un caso típico, sintomático, definitivo, que refleja, que dibuja, que retrata, como pocos, la barbarie, la criminal inconsciencia, la audacia vandálica de esa absurda minoría soviética impuesta por el terror en una capital que tiene fama de inteligente. ¡Pobre Barcelona!


2.— LA INQUISICIÓN

Fotografía tomada de IndiWire

Gente sencilla, gente buena del pueblo, ¿habéis oído hablar alguna vez de la Inquisición?

¡En cuántas ocasiones, en libelos, en conferencias grotescas, en disquisiciones más o menos filosóficas, os habéis empapado de la crítica acerba, del ataque duro, de la protesta enojada, de la condena violenta del famoso Tribunal! ¡Con qué vivos colores os han pintado la hoguera crepitante y la víctima inmolada a la barbarie!

Pues bien... Aquellos que, sin un estudio serio de un tema tan dificil, han agotado los adjetivos gruesos, las frases fuertes, pulverizando, en nombre de la Humanidad, los discutidos procedimientos de tortura y de martirio, son los mismos, ¡oh, gran paradoja!, que se han apresurado a poner en práctica los supuestos martirios y las torturas de la famosa Inquisición, elevándolos al cubo.

Y esto en pleno siglo veinte... Escuchad...

El doctor José María Vives Salas es un médico forense. En Tarragona todos le conocen, porque en los momentos amargos de la derrota de la vida, él, en el cumplimiento de su deber y de su oficio —al certificar las defunciones— tiene siempre para la familia una frase de consuelo, tiene unas palabras de resignación y la caridad de unas oraciones emocionadas.

El doctor José María Vives es católico. Católico práctico, sin meterse en política, generoso, caritativo, afable. Es sobrino del canónigo Salas, el grande amigo de Vázquez de Mella. Tiene un hermano sacerdote. Toda su familia, dignísima, es modelo de virtud y de bondad. ¿Hacía falta algo más?

Es una noche del mes de agosto, el agosto rojo de Tarragona. Ha sonado, nervioso, apremiante, el timbre de la puerta.

—¿Quién es?
—Pronto... El médico... Un enfermo grave...

Y el doctor Vives va a salir. Pero su hija le detiene:

—Padre, que es muy tarde y te van a matar.
—¿A mí? ¿Y por qué? Si soy un hombre bueno...
—Por eso... Precisamente por eso...

Las llamadas, más vivas, son cada vez más inquietantes. El doctor Vives abre la puerta. Y sale.

Pero su hija —una magnífica silueta de mujer de temple— no se deja convencer. Y va a llamar al teléfono. Va a llamar a la policía.

Y cuando sus dedos vacilantes marcan los números del teléfono, se oye un alarido de angustia, de terror, de espanto.

La muchacha tiembla. Tiembla, porque ya es tarde. Tiembla, porque reconoce, transfigurada por la agonía, la voz de su padre. Se asoma al balcón. Allá abajo, junto a su casa, atado a un árbol ve a su padre.

Le rodea una muchedumbre satánica, babeando odio, escupiendo insultos, vomitando blasfemias. Rodean, como hordas salvajes, el cuerpo del médico. Lo han rociado con bencina, que vierten de las latas traídas de un garage. Le han prendido fuego.

Es un acontecimiento. Celebran el espectáculo. El fuego quema las ligaduras, y el doctor Vives se lanza, por la rambla de Tarragona, como una antorcha viviente.

Los vecinos de la ciudad mediterránea no olvidarán nunca, por tiempo que pase, por siglos que transcurran, los alaridos de aquel hombre bueno y mártir. Se transmitirá de padres a hijos, de generación en generación, como una enfermedad maldita.

Y allá en el hogar —el bello rostro desencajado por el terror— la hija contempla la tragedia del padre. ¿Qué tormento es mayor?

Gente sencilla, gente buena del pueblo, ¿recuerdas los horrores que te han contado de la Inquisición? ¡Cómo los repudiabas!

Pues piensa que aquéllos eran problemáticos, inciertos, muchas veces falsos. Y ahora han tenido lugar por los mismos que los maldecían, que los criticaban.

Piensa que la historia incierta del siglo XV, del siglo XVI, del siglo XVII, ha sido vencida por la historia auténtica de este siglo XX, de este vergonzoso siglo XX de la democracia, de la rectitud y de la libertad.


3.— EL DÍA DEL SANTO


Es en Tarrasa, el 24 de julio. Fiesta de Santa Cristina. Primeros días revolucionarios...

¿Quién no conoce en Tarrasa a Salvans, el fabricante? Hombre de negocios, es también hombre católico. Alejado de toda disciplina politica, se consagra por entero a su negocio. Y en sus ratos libres, en vez de buscar diversiones lícitas, se dedica por entero a hacer bien, de un modo especial a los obreros parados. Los obreros parados constituyen su obsesión. Para ellos son sus mejores ratos de ocio, estudiando en ellos, meticulosamente, posibles mejoras, nuevas organizaciones, soluciones prácticas. Su bolsa se abre pródiga para llenar la de aquel que no puede trabajar. Esa conducta le ha creado fama de hombre íntegro, austero, generoso. Un gran católico, en fin.

Salvans se reúne aquel día —día del santo de su esposa— con ésta y con su hijo Juan. No se trata de una fiesta grande, sino de una fiesta íntima, en el recogimiento del hogar. Una fiesta en que se celebra el haber salido con vida de los primeros días trágicos. Una fiesta en la que se brinda por que la lucha se acabe, por que los hermanos se reconcilien, por que la caridad brille y el arco iris de la paz se dibuje sobre los horizontes negros de la muerte y de la guerra.

Fiesta intima, en un hogar católico. Fiesta de tres personas que al sentir su vida, unidas, fuertemente unidas, se sienten un poco egoístas, muy felices. Hogar, dulce hogar, al que no llegan las teas incendiarias ni los insultos soeces.

Es la hora santa de la comida. La comida que empieza con la señal de la cruz y acaba con el convencimiento íntimo de que el año que viene sea la fiesta sin tantas inquietudes.

Y el marido dice:

—No he podido traerte el regalo de tu santo: ¡Está Barcelona tan revuelto! ¡Cualquiera va a una tienda!

Y la mujer sonríe:

—¡Qué mejor regalo que el de que tú hayas venido! Tú y mi hijo...

Y el hijo sonríe contento también y abraza a su madre. ¡Cuadro bienaventurado! ¿Quién pudo presumir aquello?

Y aquello fueron tres bocinazos espaciados y trágicos. Las señales de los cornunistas, que son como las campanas funerarias que tocan en vida a muerto.

Y es a los postres cuando interrumpen en la estancia los sabuesos de la CNT. No preguntan, no interrogan. Y padre e hijo se alejan entre fusiles ante el estupor de la madre, ante el pavor de la esposa. Los seres queridísimos le son arrebatados en el momento mismo en que ella celebra la fiesta de su santo.

Con un dolor sin limite les ve alejarse, les ve partir hacia la muerte. Y con el estupor de la locura pintada en el rostro, la mujer solloza:

—He aquí el regalo de mi santo...

Allá, a lo lejos, suena una descarga cerrada, inconfundible, que abre las puertas del Cielo a dos nuevos mártires. Es la fiesta de Santa Cristina. Es el día del santo...



4.— UN CAMBIO

Milicianos de la FAI en un control de circulación en las calles de Barcelona

Marcelino Nadal, de Badalona, era lo que se dice un buen hombre. Tenía unos cincuenta años y un temperamento dulce y pacifico. En su juventud entró de Hermano coadjutor en la Compañía de Jesús. Pero poco tiempo después salió de ella por no tener vocación absoluta. No quiere esto decir que hubiera desertado del puesto de honor de los grandes hombres católicos. Antes todo lo contrario. De nuevo en su antiguo estado edificaba a todos por su bondad y por su rectitud. Vivía con su hermano, casado y con diez hijos del matrimonio.

Fue un día de agosto. De ese agosto de 1936, trágico en toda España. Marcelino Nadal leía sentado junto a la ventana de su cuarto. De vez en cuando su vista se apartaba del libro y se clavaba en el techo, adivinándose en su rostro, generalmente impasible, una grave preocupación. Él no temía por sí mismo. Hombre de fe, de principios sólidos y de energía simple y fuerte, no temía por su vida. Pero le preocupaba la de su hermano, que sabía era perseguido. Su hermano con su mujer, con sus diez hijos, con su colocación que traía el pan a tantas bocas.

¿Por qué aquella tarde de agosto la preocupación era más profunda, más apremiante, más sincera? ¿Tenía, acaso, un presentimiento?

De pronto, afuera, sonaron los tres bocinazos prolongados y fúnebres. Era un auto de la FAI. Se avecinaba un desenlace rápido, fulminante, terrible. Era preciso conservar la serenidad. Los asesinos estaban a la vista. Venían a reclamar su presa. Venían a dejar huérfanas a diez criaturas, viuda a una mujer buena y generosa. No había entrañas. No había corazón.

Pero Marcelino Nadal no vaciló un momento. Con esa serenidad suya, con esa tranquilidad propia de los temperamentos dulces y bondadosos, dijo sencillamente:

—Mi hermano está fuera. No lo encontraréis. Además, vosotros buscáis una víctima. No es preciso que sea él. Él tiene mujer, tiene diez hijos a los que dejaréis en la miseria más espantosa. Yo soy soltero. Yo soy muy católico. Fijaos bien: he sido jesuita. ¿No soy mejor presa? Vuestros apetitos serán satisfechos. Vuestra venganza será consumada; mi hermano sentirá más mi muerte que la suya propia, que es un segundo de sufrimiento. ¿Todavía vaciláis?

Las razones eran claras, precisas, irrebatibles. Se trataba de un cambio. Un cambio ventajosísimo, en verdad. ¿Podía dudarse aún?

Y no dudaron. Y en vez del hermano se llevaron a Marcelino Nadal. Se lo llevaron, y su figura de hombre bondadoso, tímido, apocado, se paseó por la ciudad ebria de crímenes. ¿Quién, al verle en el fondo del coche, insignificante, vencido, humillado, veía en él un hombre de una categoría semejante?

Y allá en la montaña, entre los pinos, teniendo por mudo testigo el campo impasible, Marcelino Nadal recibió la visita de la muerte. La muerte que, enamorada de su sencillez y de su valor y de su bondad, quiso ceñirle la corona del martirio sobre sus sienes abiertas al sacrificio generoso. Fue una descarga cerrada. Una descarga única y decisiva.

Allá, en un hogar humilde, ignorante aún de la hazaña consumada, un padre recibía los besos de sus hijos y de su esposa, contentos de haber vivido un día más y mirando con firmeza el porvenir.

Y allá, en la soledad de un bosque, un hombre recibía el beso frío de la muerte con la que sellaba aquellos otros besos felices en los que triunfaba la vida y la felicidad de un hogar. Se trataba de un cambio. Solamente de un cambio. Algo muy sencillo, muy trivial.


5.— DANIEL DE FERRETER

Emblema de la antigua Agrupación Escolar Tradicionalista

Barcelona, 21 de julio. Ha pasado el momento viril, fuerte, heroico de la sublevación militar. La traición, la más negra e infame traición de unos hombres de mando, ha originado el fracaso relativamente rápido del movimiento salvador en Barcelona.

Barcelona está de luto. La muerte ha entrado en muchos hogares. Y además, la inepcia, la debilidad, la estupidez de los vencedores hace posible la anarquía y el caos.

Arden las iglesias de Barcelona. Se asesina ya a sangre fría a los militares, a los requetés, a los curas, a los fascistas...

Y allá, en una clínica humilde, se desangra, muere tal vez, un muchacho joven, decidido, simpático, rebosante de ideal y de fe. Se llama Luis de Ferreter. Le ha alcanzado la metralla de una de las bombas lanzadas sobre el cuartel de Artillería, donde cumplía dignamente su deber de español. Y ahora... Va a morir quizá, y como católico —católico serio, firme en sus convicciones profundas— siente que un sacerdote no le prepare en estos momentos solemnes.

De pronto... La puerta de la clínica se ha abierto. En su dintel se ha recortado la silueta elegante de un muchacho apuesto. Un buen mozo. Estatura regular, fuerte, bien proporcionado, tiene unos cabellos rubios, unos ojos castaños y una sonrisa dulce. Todo él emana una simpatía comunicativa. Además, tiene el valor seco, el valor sereno, el valor sublime de los hombres de temple que no lo parecen, que no lo demuestran. Y este muchacho ha dicho sencillamente:

—Te traigo, Luis, un confesor...

Esto, en otros momentos, no hubiera tenido nada de particular. Pero es el 21 de julio, cuando las iglesias arden, cuando se mata a los curas, cuando las hordas persiguen a todos los católicos, y este acto sencillo encierra ahora raíces de gestas. Sólo puede hacerlo un hombre, un héroe.

Este bravo, este hombre, se llama Daniel de Ferreter Ducay. Daniel de Ferreter y Ducay, primo del Alférez herido, tiene 19 años magníficos y es secretario de la Agrupación Escolar Tradicionalista de Barcelona. Ahora todo se comprende ya un poco...

***

Barcelona, 26 de julio. Juan de Ferreter, padre de Daniel, tío de Luis, el Alférez herido, Comandante retirado por la ley de Azaña, ha sido detenido. La familia, consternada, le ha visto salir entre fusiles. Y un mundo de presentimientos trágicos se ha enseñoreado de aquel hogar apacible.

Movimiento. Visitas. Influencias. Resortes. Y luego de dos días de prisión, luego de coquetear frívolamente con la muerte cierta, Juan de Ferreter, contra la voluntad de la horda criminal de la P.O.U.M., es dejado en libertad.

Pero la banda de la P.O.U.M. no perdona. Y ya que no al padre, busca, entre lo más sagrado y lo más querido, otra víctima.

***

Barcelona, 28 de julio. Son las seis de la tarde, de una tarde cálida de verano en la que las luces granas del crepúsculo tiñen de rojo el azul purísimo del cielo, como si trazaran un marco adecuado a la situación dramática y terrible.

Daniel de Ferreter Ducay, bien plantado, buen mozo, guapo y, sobre todo, dulce y bueno, espera con la natural impaciencia la llegada de su padre.

De pronto... Un registro... Un registro bárbaro por las hordas salvajes de la P.O.U.M. Sereno, magnífico, sublime, Daniel de Ferreter lo presencia, sin una bravata, sin una claudicación tampoco, con temple, firme, sereno, seguro de sí mismo.

Daniel de Ferreter tiene con él a su hermano mayor. Uno de la banda le da de lado y le dice:

—Contra ti no hay nada, porque tú no te metes en política. Es tu hermano, el carlista...

Daniel de Ferreter comprende que su situación se agrava por momentos. Y sonríe. Con esa sonrisa dulce de su carácter tranquilo y bondadoso. Con esa sonrisa alegre del que no teme al martirio ni a la muerte. Con esa sonrisa, en fin, de los predestinados, y espera...

Espera hasta que surja la prueba grande que le ate, que le rinda, que le condene. Y la prueba ha surgido ya.

—¿Qué es esto? ¡Una conferencia del Padre Laburu! ¡dedicada a ti! ¿Para qué buscar más?

El P. Laburu en una conferencia (marzo de 1934)

Y el sicario muestra, con saña regocijada, un librito sencillo en el cual el famoso predicador jesuita ha estampado su firma con un elogio del muchachito humilde y bueno.

Poco tiempo más. Y Daniel de Ferreter es sacado de su hogar. Aún tiene palabras de consuelo y de entereza:

—No os preocupéis... No he hecho nada malo y por lo tanto no pueden hacerme nada...

Son las siete de la tarde. Contento con su libertad, el padre de Daniel llega a su casa a estrechar entre sus brazos a todos los suyos. ¡Horror! El hijo querídisimo ya no está allí. Se lo han llevado. Y el padre comprende que esta vez no hay perdón. Y la venganza cierra su garra canalla sobre la víctima inocente y santa.

***

Barcelona, 29 de julio. Atado a un árbol de un bosque de Moncada, se encuentra el cadáver de Daniel. Tiene los ojos azules un poco entornados y su boca se pliega en una sonrisa bondadosa, mientras su rostro delata un dolor grande.

Daniel de Ferreter tiene un tiro en una pierna. Y sus muñecas presentan las venas cortadas por las que, generosa, pródiga, fertilizadora, se le ha escapado su vida llena de ideal. Se calcula que la muerte, por desangre lento, tardó en producirse media hora.

La Agrupación Escolar Tradicionalista de Barcelona está de luto y de gozo. Está de luto, porque ha perdido a su Secretario, todo celo, todo diligencia, todo actividad... Está de gozo, porque la Agrupación Escolar Tradicionalista tiene un mártir. Un mártir religioso que muere por la Fe y un mártir de la Patria que muere por ella en un derroche pródigo de bondad.


6.— LOS MASIP

Ulldemolins

Los conocían por los Masip de Ulldemolins. Eran padre e hijo. El padre, alcalde carlista varias veces, hombre de extrema derecha, activo, inteligente, cordial, generoso, caritativo. Era un caballero del campo. Su hijo no estaba afiliado a ningún partido político. Como hijo de buen carlista, babia bebido en la cuna, en primer término, el amor a la religión católica, el amor a Dios. Y había dedicado todas sus actividades a Acción Católica.

El 6 de octubre [de 1934] tristemente famoso, los Masip, padre e hijo, habían sido detenidos, habían sido juzgados por el Comité revolucionario, y habían sido condenados a muerte. Pero llegó a tiempo el fracaso rápido, grotesco, de aquel movimiento criminal, y los Masip, padre e hijo, fueron puestos en libertad.

Para otros hombres, el susto, la muerte que vieron tan cerca, las contrariedades, las vejaciones y los sufrimientos pasados, hubieran sido suficientes para hacerlos claudicar de sus convicciones. Pero no. Ellos, firmes en sus puestos, continuaron laborando cada cual dentro de sus ideales.

Y llegó el 17 de julio [de 1936]. Los Masip, padre e hijo, vivían en Tarragona. Fueron a buscarles, para detenerles. Se los llevaron. Pero no a la prisión, sino a la muerte. Esta vez, ni previo juicio. Por capricho. Por gusto. Por bajo y cobarde espíritu de venganza.

Los llevaron de Tarragona, capital, al pueblecito de su provincia, llamado de Marsá, cerca del de Falset. Allá en lugares diversos, al uno y al otro extremo de un monte, les hicieron varios disparos, que no eran de muerte inmediata. Y los abandonaron, para que se desangraran. Ocurrió a las siete de la tarde, cuando el sol se hundía lentamente, bajo las montañas grises, en las que los viñedos ponían la nota alegre, de un verde vivo.

Cuando el sol, al día siguiente, apareció de nuevo, y sus rayos primeros iluminaron el campo, sorprendió una escena fuerte, de una emoción única. Los Masip, padre e hijo, habían sido acribillados a tiros en lugares diversos. Ya lo hemos dicho. Y los dos, heridos de muerte, habían gateado, arrastrándose, monte arriba, hasta coronar su cúspide. Y los dos agonizando, se habían encontrado, maravillosamente, en la cima. Y el sol los había descubierto exámines, muertos, fríos ya, abrazados estrechamente, el uno al otro...

Así, unidos en el último abrazo, los Masip, padre e hijo, debieron entrar, triunfantes, en el Cielo...

El Terror Rojo en Cataluña (Antonio Pérez de Olaguer, 1937)

I - Pórtico
II - Horda sacrílega
III - La fobia antimilitarista
IV - Gestas del vandalismo

dilluns, 1 d’agost de 2016

El terror rojo en Cataluña III - La fobia antimilitarista

por Antonio Pérez de Olaguer (carlista de Barcelona)

LA FOBIA ANTIMILITARISTA

El General Manuel Goded Llopis
(S. Juan de Puerto Rico, 1882 – Barcelona, 1936)

¿Quién les iba a decir a aquellos clásicos y un poco vacíos oradores catalanistas, tan de orden, el resultado de sus doctrinas y la secuela de su bilis? Predicaban, en primer término, la exaltación suprema de una bandera con detrimento de otra, la nacional, la única, la española, la roja y gualda. Luego buscaron, por todos los medios, valiéndose de todos los trucos, el desprestigio de las instituciones militares. La bota del militar, el ruido de quincallería, los bigotes de un general, fueron símbolos más o menos desafortunados de una fobia antimilitarista, entonces un poco inocente, pero avivada por las logias masónicas, en las que se incubó el catalanismo de Almirall. Pordioseaban el favor del pueblo. Al salir de sus fábricas, o de sus despachos, necesitaban un aplauso menos prosaico que las cuentas corrientes. Jugaron muchos años con fuego y, naturalmente, vino un momento en que se quemaron. Sí, en Barcelona, donde cuando yo era niño recuerdo con emoción aquellas fiestas militares de la jura de la bandera, en Barcelona se había fomentado en estos últimos años el odio a todo lo militar. Discursos de Vallés y Pujals, latiguillos de Puig y Cadafalch, versos de Carner, juegos antimilitaristas de Llongueras...

Y sin embargo... Cuando, rotos ya todos los diques que contenían la revolución en marcha, quisieron algunos catalanistas, y en especial los señores Ventosa y Valls y Taberner, beber el remedio de la fuente pura, ya era tarde. El pueblo, envenenado por doctrinas que nunca pudo digerir, se lanzó, lleno de odio, a aniquilar a los militares.

¡Los militares! Nunca fueron más dignos de encomio y de gratitud. Los militares, de un modo especial los oficiales de guarnición en Barcelona, se sacrificaron heroicamente, noblemente, desinteresadamente, por la Causa. En primer término, todos, sin excepción, se hicieron responsables del levantamiento, salvando así la vida de sus soldados, identificados en su mayoría con ellos, y la de muchas personas civiles.

Las víctimas entre militares son muchas y de gran valía.

En primer término, la figura ápice del malogrado General Goded, que fue a la muerte admirablemente sereno, diciendo arrogante y sublime, mientras fumaba despectivamente:

—Podéis matarme... Pero la Causa vivirá y triunfará...

Otros Generales cayeron también... El General Buriel, el General Gay, el General Legaruguro, y aquel bueno, aquel santo, aquel bravo General Miquel. Coroneles han caído también muchos: entre otros, Lacasa, Llanas, Dufoo.

Entre jefes y oficiales se calcula unas doscientas víctimas, muertas algunas en combate, mas por regla general asesinadas. Los fusilamientos pueden también calificarse de asesinatos. Pruebas hay en las páginas que siguen.

Desaparecidos los militares dignos, el Ejército está descompuesto totalmente en Cataluña. Se ha fomentado la indisciplina creando Comités de obreros y de soldados en la Guardia Civil y en los Carabineros. En las pequeñas unidades que quedan de Ejército regular, los jefes han de obedecer a comisarios políticos. Además, los antecedentes masónicos han sido suficientes para desequilibrar la balanza de la justicia. Un ejército así no es tal ejército.

De la fobia antimililar da idea el hecho monstruoso de pasar por las armas a aquellos que hubiesen formado parte de un tribunal militar, actuando de fiscal o de juez. Un caso típico: el de Fernández Valdés, juez en los famosos sucesos de Garraf.

¡Pobre Cataluña! Políticos petulantes o egoístas, saturados de catalanismo, llevaron al pueblo a un odio contra todo lo militar, y el pueblo, desbordado, se suicidó asesinando alevosamente a quienes honradamente intentaron conservarle la vida.


1.— ¡NO ES PRECISO EL TIRO DE GRACIA!

De izda. a dcha. los heroicos oficiales, comandante López Amor
y capitanes Lizcano de la Rosa y López Belda, durante su juicio sumarísimo

En Barcelona era del dominio público. Con saña primero, con rencor después, con admiración por último fueron dándose los detalles. Y al fin surgió la reconstrucción fiel, verídica, emocionante, de la muerte heroica de estos cuatro caballeros españoles: Comandante López Amor; Capitán López Varela; Capitán López Belda; Capitán Lizcano de la Rosa.

El Capitán López Varela tiene una herida de bala en la vejiga. No puede tenerse en pie. Y en camilla asiste a todos los juicios, responde a todas las preguntas, acepta estoicamente la sentencia.

El Capitán López Varela, con su comandante y los otros dos capitanes, ha sido condenado a muerte.

El Capitán don Luis López Varela durante el proceso

Es en los fosos de Montjuich. Los clásicos fosos de la leyenda negra, que durante cerca de un siglo han sido piedra de toque de todas las difamaciones, de todas las calumnias y que al fin encarnan una realidad de tragedia, de horror y de espanto.

Allí va a fusilarse a un enfermo. Ya avanza, un poco pálido, retorciéndose por el dolor de la herida. Allí, en su camilla, postrado, enfebrecido, el Capitán López Varela sonríe dulcemente. Y le dice a su defensor:

—Líeme usted un pitillo...

Y el bravo Capitán fuma, fuma siempre y contempla las espirales de humo, que vuelan limpias, suaves, hacia el infinito, como volará su alma grande, de patriota, de héroe.

Ya llegan a los fosos. Ya van a fusilar a los cuatro. Pero surge una gran dificultad. A pesar de quererlo, a pesar de intentarlo, López Varela no puede tenerse en pie. Su herida es aún más fuerte que su voluntad. Y entonces...

¡Ah! ¡Todo tiene remedio! Y López Varela es atado, brutalmente, a una silla. Enfrente de la silla se coloca el pelotón. Y detrás del pelotón un gran número de milicianos y de pueblo que goza de presenciar la ejecución.

Ya están los cuatro héroes abrazados. A la derecha del herido, el Comandante López Amor. Y a su lado, los otros dos capitanes.

Es un momento solemne, de una emoción única. Se va a ajusticiar a unos hombres, uno de los cuales, inerme, herido, está atado a una silla.

No; no se trata de un asesinato bárbaro, brutal, hecho por inconscientes, por irresponsables, por analfabetos. No. Se trata de dar cumplimiento a una sentencia, dentro de la ley, de la legalidad. Los eternos detractores de la pena de muerte tenían que ser los que la pusieran en práctica con un herido nada menos.

No; no puede tolerarse, sin una protesta, tanto cinismo, tanta osadia, tanta desvergüenza. No puede consentirse tamaña violación de los sentimientos humanitarios. Y el genio vivo, arrogante, de Lizcano de la Rosa se revela magnífico, y con una voz recia, maciza, domina todo y grita:

—¡Canallas! ¡Cobardes! ¡Asesinos! ¡Tirad ya! ¡Viva España!

López Belda levanta su brazo:

—¡ Arriba España!

Lizcano de la Rosa insiste...

—Viv...

Pero no ha podido acabar el viva. Ha sonado una descarga. La muchedumbre que presencia la ejecución se ha adelantado. Y han sonado, a un tiempo, más de cien disparos. No ha sido una descarga sola. Han disparado todos los que presenciaban el fusilamiento y tienen armas. El brazo de Lizcano de la Rosa, en alto, herido, arrancado de cuajo y desprendido del tronco, ha caído antes que el cuerpo. Durante cinco minutos no se ha podido contener los disparos. El pelotón, los milicianos, el pueblo, dispara sus armas una y otra vez sobre los cuerpos inanimados. Jamás pudo concebirse tanto odio, tanto ensañamiento. A golpes de silbato, a gritos estentóreos, se pudo dominar aquel desorden. Y cuando todo se ha calmado, el encargado de dar el tiro de gracia se acerca a los caídos para rematarlos. Suena una voz seca:

—¡Alto! ¡No es preciso el tiro de gracia!

En efecto; no era necesario. Cada cadáver tenía más de cien balazos mortales de necesidad.

Para España, jornada de gloria. Para la revolución roja, el día más bochornoso y más triste. ¡En los pueblos más salvajes, lo único que se respeta y que se admira es el valor! Aquí, ¡ni eso!


2.— UN CORONEL LEE SU SENTENCIA


Barcelona lleva cerca de dos meses bajo las garras de la dictadura roja. No. No puede argüirse que Barcelona está bajo los fueros de guerra, porque en Barcelona no ha imperado nunca el poder militar, y ha mandado desde el primer momento el despotismo civil, encarnado en la impotencia de los muñecos de la Generalidad. No ha sido ni una lucha noble, ni una resistencia ordenada, ni una represalia justa. Todo se ha reducido al asesinato bárbaro y al robo descarado, a la confiscación absurda, a la prisión arbitraria.

Barcelona ha vivido y vive todavía, sencillamente, bajo el poder de Rusia. Es una ciudad roja. Ni más ni menos.

¿Dónde quedan los tan cacareados derechos del hombre? ¿Dónde está la abolición de la pena de muerte? ¿Dónde la supresión de la previa censura? Todos los tópicos clásicos pueden aplicarse a esos inconscientes y fracasados hombres que iban a establecer la equidad, la justicia y la paz social. Ahí está el ejemplo. La guerra es la misma. Y mientras en Burgos y en Sevilla la normalidad es, en verdad, absoluta, en Madrid y en Barcelona no se puede dominar a las masas desbordadas y cunde la indisciplina, la desmoralización, el escándalo y el caos.

Ya los asesinatos, organizados con perfección digna de mejor causa, no son suficientes. El terror debe gozar de la protección oficial. Es preciso crear el Tribunal popular para que estos asesinatos revistan mayor aparato y sean, digámoslo así, más elegantes.

Y hemos llegado al punto culminante de este verídico relato. Por el pomposo Tribunal popular ha sido condenado a muerte un coronel del Ejército español. Y como ahora todo va en orden, es preciso comunicarle la sentencia.

No se sabe si, porque en el famoso Tribunal nadie sabía leer, o porque no disponían de la persona que diera solemnidad al acto, es lo cierto que hubo que nombrar un notificador de oficio. Y este nombramiento, resuelto al azar, recae en un abogado tímido, bondadoso, bueno. Como la invitación se le hace en términos muy amables —un fusil, todavía humeante por haber sido recientemente disparado, en el pecho—, el abogado, muy joven, un muchacho, no se atreve a negarse. Cuestión de delicadeza.

Hay un silencio denso, espeso. El Coronel espera tranquilo la notificación de la pena de muerte. El muchacho tiembla. Vacila. Llora. Sus manos, pálidas, yertas, no tienen fuerza para sostener el papel tenue. Entonces...

El Coronel del Ejército español avanza unos pasos. Un momento brilla un relámpago en sus ojos, grandes y negros. Arranca de manos del aterrado abogado el papel. Y con voz varonil, gruesa, fuerte, sin claudicaciones, arguye:

—¡No sea usted pusilánime, criatura! Si se trata de notificarme la sentencia de muerte, la leeré yo mismo.

Digno, sereno, valiente, sublime, el Coronel lee la notificación que proclama su condena a sufrir la pena capital. ¡A perder la vida!

No importa... Él la lee... Él sabe olvidar que en aquella hora una mujer santa y unos hijos valientes lloran desesperados la pérdida inmediata... El Coronel del Ejército español sabe que por encima de la familia está la Patria, que es la familia de todos y la suya también.

La voz del Coronel no ha temblado un momento...


3.— EN EL ASCENSOR

Francisco Llano de la Encomienda
(1877-1963)

La tragedia de Barcelona tiene sus responsables. La Historia, con su juicio sereno, documentado, irrebatible, los sacará en su día a la luz pública para vergüenza y escarnio de esas figuras siniestras, pequeñas, oscuras, grotescas... Llano de la Encomienda, Aranguren, Sandino, Bayo...

Pero la Historia —sobre todo la Historia moderna—, para formarse, necesita beber en fuentes auténticas. Yo quiero contribuir, con mi gota de agua, a ese caudal abundanlísimo de hechos ciertos, positivos y fácilmente comprobables, que tanto han de contribuir al esclarecimiento de la verdad. Verdad, para algunos amarga y bochornosa, pero verdad al fin.

El General Llano de la Encomienda, con Aranguren, son los principales responsables del caos de Barcelona. Llano de la Encon1ienda se negó, desde un principio, con lealtad digna de mejor causa, a prestar su apoyo al Movimiento nacional salvador de España. Hasta aquí, tal vez no habría nada que objetar. Si su pobreza de espíritu, si su cortedad de criterio, si sus escrúpulos absurdos le vedaban formar parte de un levantamiento patriótico, podía rehusar todo diálogo sobre él. Pero de esto a pasarse al otro bando con armas y bagajes, hay un abismo . Y Llano de la Encomienda estaba ya al otro lado. Y en una reunión aseguró —así me lo afirma un caballero— que su ideal era morir envuelto en la bandera comunista. Y en otras se ofreció para ponerse al frente de las turbas de Companys armándolas y disciplinándolas. Y ésta era ya la deserción. Un crimen de lesa Patria. Era pasarse de España a Rusia en traición alevosa y criminal.

Con todo... a Llano de la Encomienda, como militar, se le suponía el valor. Pero eso, por lo visto, era sólo una suposición. Y cobarde, cuando llegó el momento, apenas si pudo nadar entre dos aguas. Y al entrar Goded en Capitanía, Llano de la Encomienda no le dio la batalla. Y se retiró a su pabellón.

En el pabellón le sorprendieron los sucesos y allí las fuerzas de Companys le retuvieron prisionero, durante unos días. Luego, Llano de la Encomienda aclaró su situación y quedó en libertad.

Sus declaraciones, poco caballerosas, contribuyeron al fusilamiento de los Generales Goded y Buriel, y al del Comandante López Amor, y al de los Capitanes López Belda, López Varela y Lizcano de la Rosa.

La figura de Llano de la Encomienda empezó a ser criticada por todos. Hasta que un día, perdido ya el respeto, Solidaridad Obrera, el órgano oficial de la FAI, levantó el dedo en un «Yo acuso» fulminante y afirmó que, aunque siempre al lado de la revolución, el General Llano de la Encomienda había estado negligente en el cumplimiento de su deber...

***

Así las cosas, el General Llano de la Encomienda, residente aún en su pabellón de Capitanía, llegó una tarde de mediados de agosto a tomar el ascensor que le había de dejar en sus habitaciones particulares. Como de costumbre, un miliciano guardaba la puerta del ascensor...

—¡Alto! ¿Dónde vas tú?

El General Llano de la Encomienda se detuvo sorprendido. Su ayudante se apresuró a aclarar:

—Camarada, ¡que es el General Llano de la Encomienda!

El camarada, el fusil a la cara, sonrió con sarcasmo. Y exclamó:

—¡Qué General ni qué narices! ¡Aquí lodos somos iguales! Camarada, sube por la escalera como ha subido siempre tu asistente...

Y el pobre General, un poco pálido y muy dolorido, subió vacilante las escaleras y tal vez al llegar a su cuarto rompió a llorar con menos dignidad que el Rey moro.

Al día siguiente, el camarada Llano de la Encomienda salió de Capitanía y alquiló un pisito modesto en un barrio alejado de la ciudad.

¡Pobre hombre! ¡Y pensar que pudo morir con la altivez o con la generosidad de un Goded, o triunfar con la simpatía y la audacia de un Queipo!

Mientras que ahora... Ese es, quizás, su mayor castigo...


4.— CORRESPONDENCIA LEAL

Comandante José Fernández Unzúe

Es el 6 de octubre de 1934. Los rebeldes de la Generalidad están cogidos, están copados. Dencás, el cabecilla, se ha ido tranquilamente por una cloaca. Si la sangre de unos héroes, de unos mártires y de unos desdichados no regara las calles de Barcelona, aquella fecha sería cuanto más una fecha cómica.

Pero a traición, de una forma inaudita, por un procedimiento cobarde, han caído un puñado de militares honrados, fieles cumplidores de su deber. Y los oficiales y los soldados, poseídos de una ira justa, sedientos de una venganza legítima, quieren entrar a saco en la Generalidad, quieren morir, si ello es preciso, para poder matar.

Y surge una figura simpática, una figura simbólica, una figura noble, una figura legendaria: la del Comandante Fernández Unzúe, artillero del primero de Montaña.

Fernández Unzúe, con la autoridad máxima que da un prestigio cumbre, logra contener a sus hombres.

—¡Alto, alto, que nadie dispare!... Se rinden y nosotros no somos asesinos...

Y Fernández Unzúe, solo, arrogante, sube las escaleras de la Generalidad. Y llega delante de Companys, el rebelde.

Es un momento de una grande emoción. Un capitán, perdido el dominio de sí mismo, avanza con una pistola, dispuesto a hacer fuego. Con serenidad estupenda, Fernández Unzúe evita el disparo.


—¡No teman!... Para evitarles la violencia de un cacheo, ruego que dejen sus armas sobre la mesa y que se entreguen lealmente a las fuerzas de mi mando.

No hubo víctimas en la Generalidad. Porque antes que un indulto generoso salvara la vida a Companys, se la había salvado el Comandante Fernández Unzúe.

Companys debía estar, cuando menos, muy agradecido.

***

Reverso de la medalla. Han pasado unos años. Mes de agosto . El Comandante Fernández Unzúe, modelo de caballeros, está preso en el Uruguay. Pesa sobre su cabeza la sentencia de muerte.

Companys tenía el momento propicio para devolver su deuda. Deuda de gratitud.

No obstante... ¡Ni un gesto! ¡Ni una súplica! ¡Ni un ruego! ¡Fernández Unzúe salvó la vida a Companys, pero Companys no salvó la vida a Fernández Unzúe!

Es el reverso de la medalla. No existe la correspondencia leal. Companys, cobarde, calla...

Y sin que una voz, ni de Companys ni de nadie, se levante en favor de quien salvó la vida de todos, Fernández Unzúe, conducido al Campo de la Bota, es pasado por las armas.

Cuando los fusiles encararon la silueta simpática y épica del heroico Comandante Fernández Unzúe, su boca se quebró en una mueca de supremo desprecio.

Y el eco de los disparos se debió clavar como una saeta en el corazón de Companys.

He dicho que se debió clavar. ¡Pero no se clavó! Porque Companys no tiene corazón...


5.— ¡ESTÁ OCUPADO, SEÑOR!

Fernando Lizcano de la Rosa
(1900-1936)

El caos en Barcelona ha llegado a un extremo que las balas han tomado carta de naturaleza entre nosotros. Vemos pasar una bala y nos apresuramos a detenerla en su camino, la saludamos cordialmente y la deseamos buen viaje.

Como en la Guerra Europea, han surgido coleccionistas de balas, y se cuentan historias fantásticas.

—Esta bala ha atravesado el pecho de Lizcano de la Rosa. Yo mismo la he recogido.
—Pues la mía también.
—Y también la mía.

Y hay cincuenta milicianos que sostienen que la bala que tienen en su poder, de recuerdo, es la que ha cortado la vida al heroico Capitán Lizcano.

Y lo curioso, lo inverosímil, lo trágico, lo espeluznante, es que todos tienen razón. Porque al bravo Lizcano de la Rosa le tiraron bastante más de cincuenta disparos.

¡Como a tantos otros! En Barcelona se oye un disparo y es algo así como si se oye cantar a Hipólito Lázaro en una función a beneficio de las milicias.

Resulta desagradable, pero no hay más remedio que soportarlo.

Barco prisión Uruguay anclado en el puerto de Barcelona (1936)

Así las cosas, el General Llano de la Encomienda, acompañado de todo el protocolo oficial —escribientes, testigos, abogados, etc., etc.— regresaban del Uruguay de prestar declaración en uno de los juicios sumarísimos.

Era de noche... y sin embargo llovía. Llovían balas como garbanzos.

Pero, claro, la costumbre... Los abogadillos tímidos, los testigos asustadizos, los milicianos cobardones, no daban a las balas demasiada importancia. La costumbre, señor...

De pronto, una bala ¡zas! se clava en la nariz de un sargento de Asalto. El hombre no dijo Jesús porque era laico. ¡Y porque no tuvo tiempo!

Una cosa es la amistad con las balas y otra gozar de su intimidad.

¡Caballeros! ¡La que se armó! Los abogadillos, los testigos, los milicianos, se apresuraron a tirarse al fondo de la barca, para evitar una catástrofe irremediable.

Un testigo, un digno y algo obeso ciudadano, que tenía unas ganas locas de vivir, se 1anzó contra el suelo de la barca e intentó meterse debajo del asiento. Pero sólo lo intentó. No pudo lograrlo. Y no pudo lograrlo porque alguien le había precedido. Y allá adentro, en el fondo de la barquita, sonó asustada, vacilante, una voz:

—Está ocupado, señor...

Esta voz era del General Llano de la Encomienda que se había puesto, el primero, a salvo.


6.— EL COMANDANTE ALBERT

Manuel Albert Despujol
(Vida Aristocrática, 1920)

El Tebere entraba, lento, majestuoso, solemne, en el puerto de Génova. El Tebere era un buque hospital cedido por el Gobierno de Italia para que sanásemos en él heridas del alma. Nuestra alma, mordida por la injuria, por el dolor y por la ingratitud. Y nosotros, españoles, catalanes, barceloneses, nos acogíamos a la providencia de aquel buque salvador huyendo del caos de nuestra ciudad. De Barcelona, que no respondía a nuestros afectos, ni a nuestros sacrificios, y de la que nos íbamos porque nos maltrataba, porque nos perseguía, porque nos odiaba...

Era la hora del crepúsculo; los rayos últimos y débiles de un sol de verano, se hundían lentos en la calma acogedora y dulce del puerto.

Recuerdo que al asomar mi rostro por encima de la borda para contemplar curioso la alegre policromía de la estación marítima, lo primero que vi, allá en el fondo, en el cuadrado gris del asfalto, fue la figura esbelta, la silueta elegante, la sonrisa inconfundible del Comandante de Artillería Manuel Albert Despujol. El Comandante Albert, con su cara eternamente jovial. Con sus ojos grandes y claros. Con su perfil proporcionado y perfecto. Con su tez tersa suavemente coloreada. Y toda aquella simpatía sencilla y clara y comunicativa, que era la gala más sugestiva de su carácter sociable, apacible y entero.

¡El Comandante Albert! Recuerdo que llevaba, aquella tarde de primeros de agosto, un jersey verde muy ajustado. Y en el jersey, sobre su pecho, recogiendo los latidos de su corazón generoso y patriota, una bandera: ¡la bandera española, la única, la verdadera, la roja y gualda!

¡Hacía tanto tiempo que no la veía tan firme, tan orgullosa, tan sublime...! En el pecho del bizarro militar estaba como en un templo, como en un relicario, como en una custodia.

Y al descender del puerto y abrazar estrechamente al Comandante Albert y a su bandera, me pareció que abrazaba —y así era, en efecto— a la España que yo creyera ya definitivamente perdida, y de la que huía derrotado, vencido, humillado...

Y fue entonces cuando le pregunté con ansias de saber, con esperanza de vivir:

—¿Se salvará España?

Y recuerdo que, con una emoción cuyo alcance mido ahora solamente, me contestó:

—Sí, se salvará... Pero es menester que vayamos todos... Porque sin nuestro concurso, sin el concurso de todos, España no podrá salvarse nunca...

***

Otra tarde en Génova, mientras esperábamos la ocasión y el momento propicios para incorporarnos todos a la lucha, yo recogí la odisea del Comandante Albert en Barcelona. El Comandante de Artillería Manuel Albert era una figura destacada, se había distinguido siempre por su entusiasmo, por su apasionamiento, por su fervor por la causa monárquica. Comandante retirado, él, desde la oscuridad de un hogar burgués, alerta siempre, esperaba, trabajando en obras benéficas, en obras sociales, en obras patrióticas. Su gran sociabilidad, su simpatía, con la que muy pocos podían rivalizar, le franqueaban todas las puertas, le abrían todos los caminos. Hacía mucho bien. Y esto era ya, de por sí, un grande, gravísimo pecado en tiempos de revolución.

Fue el 25 de julio de 1936. En la Gran Vía Diagonal. En Barcelona. De un camión, ágiles como monos, saltaron unos energúmenos. Sus ojos de cazadores de presas humanas, reconocieron al Comandante Albert que, tranquilo, como el que no teme a nadie ni se tiene que arrepentir de nada, se dirigía a su casa. Le detuvieron, apuntándolo con sus fusiles a quemarropa:

—Tú eres el Comandante Albert.
—Sí.
—Enséñanos tu casa...

El Comandante Albert, sin inmutarse, obedeció con una gran dignidad. En su casa estaba su esposa, Gloria Oriola Cortada, y con ésta la duquesa de Solferino, hermana del Comandante.

Fueron unos momentos de intenso dramatismo. Ni el dolor, ni la ternura, ni la angustia, ni el sufrimiento de una esposa dignísima, ni la arrogancia magnífica, ni los ojos bellísimos, agrandados por el espanto de la bella duquesa, pudieron conmover a aquellas fieras, ni tocar los resortes de una caballerosidad, cuando menos superficial. No. Los fusiles, rozando los cuerpos de las víctimas y el desdén reflejado en todos los actos. ¡Con qué rabia tiraban at suelo y pisoteaban las cruces y condecoraciones ganadas honrosamente por el Comandante! ¡Con qué saña destrozaban los retratos!

Lo registraron todo. Lo destrozaron todo. Atentos siempre a las luces —en algunas casas las habían apagado de pronto—, iban con un poco de prisa. De pronto, encontraron algo de lo que buscaban. En el despacho hallaron una tarjeta de Mussolini y una carta de la Infanta Beatriz agradeciendo al Comandante Albert un regalo de bodas que éste le hizo en nombre propio y de otros artilleros.

Para qué más; ya estaba justificado todo, hasta la muerte.

Uno de los asaltantes, con la mirada extraviada en una bizquera horrible, preguntó:

—¿Dónde lo llevamos?

Y otro, con una melena repugnante, replicó rápido:

—A la POUM.

Y remachó el bizco:

—Muy bien. ¡Hoy si que nos llevamos un pez gordo!

Y lo bajaron dejando en la casa, atenazadas por el dolor, a una esposa y a una hermana...

En la escalera subía un vecino, y al ver al Comandante Albert, fue a saludarle. El bizco, que ponía el comentario cruel en todas sus palabras, exclamó:

—Sí. Sí. Despídete. ¡Que ya no lo verás más!

Era la coletilla con que aquella hiena rubricaba todos sus crímenes y que habían adoptado todos sus
secuaces.

Trasladaron al Comandante Albert al Hotel Colón, centro de los comunistas catalanes; mejor, del comunismo internacional. Allí —extraña galantería o refinada perversidad— le permitieron telefonear a los suyos.

Al día siguiente le sometieron a un extenso interrogatorio. El que le preguntaba, iba vestido con gran elegancia y sobre la corbata roja tenia un alfiler pequeño de oro, representando la hoz y el martillo.

—Tú ¿qué ideas tienes?

Y el Comandante Albert, con voz firme, con valor seco, con acento guerrero, contestó:

—Yo soy católico, español y monárquico.

Esta respuesta desconcertó un poco al severo fiscal, quien, sin meterse en nuevos dibujos, le preguntó por varias personas significadas de Barcelona. El Comandante Albert, sistemáticamente, hacía un gran elogio de todos ellos...

—Pero tú encuentras a todos buenos y santos...
—Naturalmente... Como que todos son amigos míos... Y yo elijo mis amistades entre personas buenas y santas...

Viendo que no podían hacer carrera de él, le encerraron en el sótano, en el local donde el Hotel Colón tenía instalada su famosa Bodega Andaluza, lugar frívolo, lugar alegre que ahora era cárcel y tumba y tragedia.

Allí, toda la noche, sentado en una silla, el Comandante Albert esperaba su hora. A su lado, un muchacho y un viejo esperaban también, frenéticos y desesperados. Eran sobrino y tío. El más joven, no pudiéndose contener, se intentó fugar. Sólo lo intentó. Un tiro rápido le dejó muerto en el sitio. Su tío, al comprobar aquel espanto, se volvió loco. Y el Comandante Albert pasó la noche sentado en una silla teniendo a sus pies el silencio y la inmovilidad de un muerto y a su lado la agitación y los rugidos de un loco.

Pero grande era el temple del Comandante Albert, y no claudicó con el derrumbamiento de su valor.

Y al día siguiente ocurrió un hecho providencial. Acertó a pasar por allí un judío alemán. Un hombre que parecía mandar mucho y al que respetaban todos. Este alemán tenía tres hijos. Hacía un año que el Comandante Albert, con dos compañeros más, en una de sus obras sociales del barrio de Sans, se preocupó de que los tres hijos del alemán fuesen bautizados, apadrinando a uno de ellos. Lo vistió. Y después el alemán, cuando necesitaba algo para el muchacho, se lo pedía al Comandante, y éste, generoso siempre, le daba algún dinero.

La historia es breve. Al ver al Comandante, el alemán gritó:

—Para este hombre, lo mejor que haya...

E inmediatamente le dieron comida buena, tabaco, vino, licores. Y al día siguiente, después de dos noches de prisión, fue puesto en libertad.

Al llegar a su casa, el Comandante Albert, que acababa milagrosamente de escapar de una muerte cierta, dijo, abrazando fuertemente a su esposa, con una gran emoción:

—Nunca en mi vida me había sentido más católico, más español y más monárquico...

***

Y ya el Comandante Albert; después de unos días dedicados en Génova al reclutamiento de voluntarios, entró en los campos de batalla, ansioso de reivindicar con su conducta heroica el nombre de ese desventurado pedazo de España que se llama Cataluña. Y tomó parte en la conquista del Cerro Muriano, al frente de unos muchachos falangistas y en colaboración con los regulares de África y con los caballistas de Cañero. El Cerro Muriano era duro, alto, fuerte. Caía el sol a plomo y el Comandante Albert, arengando a las tropas, subía con gran fatiga. Pero allí ese caballero español, todo audacia, simpatía y valor que se llama don Antonio Cañero, estaba pendiente de todo:

—Tome un caballo, mi Comandante...

Y el Comandante, rendido, subía a caballo en el último momento y coronaba la montaña con la victoria.

Y ya de regreso, destrozados los pies, jadeante el pecho, le decía a su esposa:

—¡Qué hermoso es sufrir por la Patria! ¡Qué gusto da sacrificarse, hasta caer rendido de cansancio, por España!

***

20 de septiembre de 1936. Toma de Santa Olalla. Acción ésta en que la aviación roja atacó con un vigor y con un acierto en ella inusitado. El Comandante Albert, al lado de Castejón y en el batallón de Carranza, soñaba con llegar a Toledo y libertar a los héroes del Alcázar.

Estaban en la plaza Mayor. Castejón, con su gran experiencia, le gritó a Albert:

—Escóndase debajo del pórtico. Es peligroso el momento...

Y Albert, disciplinado, se escondió. Pero de pronto, allá, en el otro extremo, ve al Capitán Planell. El Capitán Planell es catalán, ha podido también fugarse de Barcelona. La sorpresa, el entusiasmo es más fuerte que la voluntad. Y avanzaron ambos, a la vez, en descubierto, y se abrazaron estrechamente.

—¡Planell!
—¡Albert!

Y en aquel momento estalló una bomba a sus pies. Fue sólo un momento; las dos piernas de Planell cayeron como segadas por una hoz. El Comandante Albert, destrozado el corazón por la metralla, cayó muerto, y su rostro reflejaba una mueca de desprecio, de desdén hacia la muerte, como si la riñera:

—¡Venir ahora que estaba tan contento! ¡Qué inoportuna eres!

Así, de este modo trágicamente vulgar, se perdió el Comandante de Artillería Manuel Albert Despujol. El Comandante Albert, que en esta guerra lo hubiera logrado todo. El Comandante Albert, que hubiera entrado en Barcelona con todos los honores. Que hubiera ocupado allí un alto cargo. ¡Qué buen alcalde hubiera hecho! Pero ahora es algo más que todo eso. Porque ahora es el héroe y es el mártir.

Héroe y mártir de la Cataluña española y noble y digna. De una Cataluña que existe y que no se debe postergar. El Comandante Albert ha caído tal vez para ejemplo. Para decir a España toda, al mundo entero, que no todos son separatistas ni canallas. Que aún hay catalanes nobles y valientes que, como los héroes de Figueras y de Gerona, y como los héroes de Prim, saben morir por España...

¡Quizás por eso sólo, Dios nos ha querido arrebatar al Comandante Albert!


El Terror Rojo en Cataluña (Antonio Pérez de Olaguer, 1937)

I - Pórtico
II - Horda sacrílega
III - La fobia antimilitarista