divendres, 6 de gener de 2017

La Monarquia federal del carlisme

Del programa tradicionalista (1925)

Hi ha una llei sobirana que regeix l'existència i constitueix el modo d'ésser íntim i essencial de fotes les coses. La unitat i la varietat. En la constitució de les societats no falta aquest a llei, en la que es manifest a la unitat per mitjà del poder, i la varietat per les jerarquies, elements ambdós necessaris en tota organització social, quina coexistència, al mateix temps que cumpliment de l'ordre divinament establert, és garantia de la llibertat del poble.

La monarquia cristiana acompleix perfectament aquesta llei per la constitució del poder únic, estable i limitat. Unic en la persona del rei, en qui s'actua; estable en la seva família, en qui es perpetua; limitat, perquè ho està per les jerarquies socials que constitueixen l'element natural i orgànic de residència material enfront del poder. No falten Corts en la monarquia tradicional; però aquestes Corts no són poder, sinó limitació del poder i resclosa contra els seus desbordaments.


Res més lluny de nostra Monarquia que un poder absolut, sens límits; aquest poder ultratja a la divina majestat, atribuint a l'home lo que sols a Déu perteneix, i ofén a la dignitat de l'home, sotmetent-lo del tot a la voluntat d'un altre horne. El Tradicionalisme estableix dos límits al poder: un per dalt, la llei de Déu i de l'Església; altre per baix, les jerarquies socials i el règim corporatiu, la sobirania social, segons frase d'en Vázquez de Mella.

No som, doncs, absolutistes, rebutgem amb energia aquest qualificatiu. Aspirem a la restauració de la monarquia federal. Creiem com l'il·lustre Gabino Tejado, que

«España es una federación de regiones formadas por la naturaleza, unificadas por la Religión, gobernadas por la Monarquí a y administradas por los Concejos.»


Gabino Tejado (1819-1891)

O en altres termes: «España es un conjunto de repúblicas regidas por una monarquía». Però, al parlar de federació, no ens referim a la revolucionària, això és, a la nascuda del pacte establert entre l'Estat i les regions. Segons aquesta teoria, la única font de dret és el contracte. Nosaltres som partidaris de la federació històrica que suposa que l'Estat, com resultant que és i posterior, per tant, a unes regions que existien ja i tenien personalitat històrica i jurídica determinada, no pot fer perdre a dites regions, a l'unirse en concert mútuu u per a formar un Estat superior, els drets, llibertats i prerrogatives de que disfrutaven abans de federar-se, sinó que, lluny d'això, les regions, dintre de l'Estat comú, mantenen aquella part de la seva individualitat que consideren privativa seva. I així Catalunya, per exemple, a l'unir-se, primerament amb Aragó, i després amb Castella, per pactes matrimonials, no perdé la seva personalitat jurídica i històrica, sinó que té el dret de conservar-la amb totes les llibertats inherent a la mateixa; de manera que en el règim tradicional l'autoritat del monarca ofereix distintes modalitats: una com a Cap de l'Estat espanyol; altra com a Comte de Barcelona, i altra com a Senyor d'Alava, Biscaia i Guipúscoa, etc. El subjecte de la sobirania és un mateix en l'Estat i en les regions; però les manifestacions del poder són diferents en lo que privativament correspon a aquelles.

Espanya, per a ésser lliure, necessita abans que tot tenir un Govern esencialment descentralitzador; una Monarquia federal. Deia el vescomte de l'Esperança que Carles I matant les Comunitats de Castella i Felip II prenent els furs d'Aragó, inauguraren una política centralitzadora que havia d'ésser funesta per a l'administració d'aquells regnes, i afegia:

«Lo decimos sin inconveniente y sin temor; no vamos a resucitar lo pasado, vamos a echar los cimientos para lo porvenir. Lo pasado lo recibimos a beneficio de inventario, como una herencia de donde hay mucho bueno que recoger y mucho malo que rechazar. Rechazamos pues, francamente, el centralismo de la monarquía absoluta. Tal vez Carlos I y Felipe II fueron movidos por un interés superior al interés de la administración, pero sea de esto lo que se quiera, el hecho es que política y administrativamente hicieron mal, y mal hicieron también sus sucesores en continuar con semejante sistema.»


"Vizconde de la Esperanza",
pseudònim de Julio Nombela (1836-1919)

Urgeix, doncs, retornar als temps de la gloriosa monarquia tradicional en la que les regions i els municipis eren lliures, amb la cristiana llibertat que va fer tan gran i poderosa a la pàtria espanyola en altres temps. Sense aquesta llibertat, que té el seu fonament en el dret i en la història, la vida política i la prosperitat del poble resulten impossibles.

EL CORREO CATALÁN (Barcelona, 1925)

Reproduit per LLIBERTAT (Igualada, 14 de març de 1925)

dilluns, 2 de gener de 2017

Monseñor Pedro Lisbona

Tal día como hoy, hace 61 años, fallecía Monseñor Pedro Lisbona Alonso. Melchor Ferrer, historiador de la Causa, nos dice de él que nació en Aragón, hijo de un oficial carlista de la Tercera Guerra. Vivió constantemente en Cataluña. Fue sacerdote, redactor y luego vicedirector del órgano de la Comunión Tradicionalista en Barcelona: El Correo Catalán. En 1922 le fue concedido el título de Camarero Secreto de Su Santidad con el tratamiento de Monseñor. Estuvo preso por los rojos, pero fue liberado al ser rescatada Cataluña por el ejército nacional. Era periodista de honor y profesor de la Escuela de Periodismo de Barcelona. Fue condecorado con las cruces de San Raimundo de Peñafort y de la Legitimidad Proscrita. Reproducimos a continuación el artículo que con motivo de su muerte le dedicara La Vanguardia Española.

Mons. Pedro Lisbona Alonso
(Argabieso, 5/7/1881 - Barcelona, 2/1/1955)
Monseñor Pedro Lisbona Alonso nació [en 1881] en Argavieso (Huesca), y estudió en los Seminarios de Vich y Barcelona. Comenzó su vida periodística con el siglo, siendo seminarista en el Conciliar de nuestra ciudad, redactando, junto con el inolvidable canónigo barcelonés doctor Baranera y el doctor Soler, un semanario de combate que se titulaba El Rusinyol, que aparecía en Badalona. Más tarde empezó a colaborar en El Correo Catalán, usando el seudónimo de «Elias Sanpon Barbool», con cuya firma se publicaron infinidad de artículos. En 1908 le representó en la Asamblea Nacional de Buena Prensa de Zaragoza. Más tarde, fue nombrado Jefe de El Correo Catalán, en substitución de don Salvador Morales, que pasó a dirigir El Correo Español, de Madrid. Desde dicha fecha no perteneció a ningún otro periódico, figurando en su redacción —salvó los años de la Cruzada, en que el diario fue incautado por los rojos— hasta su muerte.

Hacia 1920 fue nombrado subdirector, cargo que ostentó hasta el mismo momento del Glorioso Movimiento Nacional. Sus campañas desde las columnas del viejo órgano del Tradicionalismo barcelonés fueron numerosísimas y algunas de ellas de gran resonancia. La primera que llevó a cabo fue a raíz de la liquidación, de la famosa Semana Trágica, que valió al periódico la rotativa «Albert», por subscripción popular.

Entre otros seudónimos, monseñor Lisbona usó el de «Wifredo», que empleaba para los editoriales; el de «Víctor» y «León de Padilla», para los artículos doctrinales y de orientación católica, así como también de «Plinio», para otra clase de trabajos.

Al estallar la revolución roja fue detenido, y el día de Navidad de 1936 fue juzgado, solicitando el fiscal del «tribunal popular» la pena de muerte, por su calidad de sacerdote y de periodista. Conmutada la pena, permaneció en la cárcel hasta febrero de 1939, en que fue liberado por las tropas nacionales en la cárcel de Figueras, reincorporándose pocos días después a la Redacción de El Correo Catalán.

Con motivo de la Exposición Internacional de 1929 fue nombrado presidente del Comité y Casa de la Prensa, recibiendo y atendiendo a más de mil personas españolas y extranjeras que visitaron el certamen. Fue varias veces directivo de la Asociación de la Prensa de Barcelona y lo era [en el momento de su fallecimiento] de su Montepío.

Realizó tres viajes a Roma y varios a Francia y Suiza. El último a la Ciudad Eterna tuvo efecto en mayo de 1953, con la peregrinación organizada por El Correo Catalán con motivo de cumplirse las bodas de platino del periódico. Por la Santidad de Benedicto XV le fue otorgada la dignidad de camarero secreto de S. S. (monseñor), ratificada por los posteriores Pontífices.

Durante medio siglo participó en todos los Congresos Nacionales de Buena Prensa, siendo miembro del Comité organizador del último, en Toledo, con el obispo de Málaga, eminentísimo doctor Herrera Oria, entonces director de El Debate.

Son numerosas las conferencias pronunciadas sobre temas periodísticos, siendo quizá la más importante la que pronunció en Vich, acerca de «El Criterio», de Balmes, al cumplirse su centenario, y que publicó La Gaceta de la Prensa. Monseñor Lisbona era capellán del colegio de San Gervasio del Instituto de Religiosas de Jesús-María; profesor del Instituto Montserrat de Segunda Enseñanza y profesor de la Escuela Oficial de Periodismo.

El sacerdote y periodista D. Pedro Lisbona homenajeado por el ministro Antonio Iturmendi
con la Cruz de Honor de San Raimundo de Peñafort (Hoja del lunes, 26/04/1954)

Una vida de consecuencia y apostolado

Nos será muy difícil a los periodistas de Barcelona y a cuantos amigos, numerosísimos, le trataron y amaron con ocasión de sus actividades, olvidar la bondad esencial de monseñor Pedro Lisbona, sacerdote extraordinario ante todo, que convirtió la llama de su vida en vocación y ejemplo, en apostolado incesante y permanente. Pero, después de sacerdote, y como la más noble de sus dedicaciones humanas, don Pedro Lisbona fue un periodista recio, íntegro y veterano; tanto, que hace ya tiempo cumplió simultáneamente, como se sabe, sus bodas de oro con el sacerdocio y con el periodismo.


Periodista de altísimos vuelos, maestro en la doctrina; apologista extraordinario como era también predicador meritorio. Y había de serlo quien, como él, gozaba de una preparación vastísima en las ciencias divinas y humanas, convertidas en su espíritu privilegiado en convicciones firmísimas, religiosas, sociales y políticas, intransigentes con el error, aunque su corazón, esencialmente bueno, Como decimos, estuviera siempre pronto a transigir con las personas; por esto se le quiso y por este motivo no le olvidaremos con facilidad.

Pero, no sólo era un periodista doctrinario y vocacional; el doctor Lisbona era también hombre de redacción y de taller. Conocía como pocos los entresijos del oficio periodístico y fue, en la práctica, un experto redactor-jefe, un buen confeccionador y, en todo instante, un titulista agudo, como era editorialista fácil y admirable articulista. Cuando el ministro de Información le discernió el título de Periodista de Honor realizó un acto de estricta justicia, que honró a toda la clase periodística barcelonesa, orgullosa de verse tan insuperablemente representada por tan ilustre compañero y maestro.

La extraordinaria obra dispersa del doctor Lisbona a lo largo de cincuenta años de intenso trabajo (sermones, homilías, cursillos, conferencias, retiros, editoriales, artículos, colaboraciones, explicaciones en el Instituto de Segunda Enseñanza y en la Escuela de Periodismo) constituye el máximo elogio y justificación de la vida fecunda de un ministro de Dios que convirtió su existencia entera en apostolado. Un apostolado multiforme y proteico, y por ello más meritorio a los ojos del Todopoderoso y de los hombres. Nosotros, que le conocimos, le tratamos y le admiramos, en el momento de hacer precipitado balance de la personalidad de monseñor Lisbona con explicable emoción, sacamos la impresión categórica de que será difícil aventar, humanamente hablando, los tesoros que sembró su activa existencia.